viernes, 1 de octubre de 2010

La inteligencia colectiva y tráfico vehicular en la gran ciudad

Congestionamiento vial
Edwin Francisco Herrera Paz. Al comportamiento colectivo del cual emerge algún sistema ordenado, enteramente nuevo, como el sistema de tráfico vehicular o el comportamiento coordinado de los insectos sociales se le ha llamado “inteligencia colectiva,” aunque personalmente pienso que el término peca de excesivo.
Cuando se ve el tráfico desde cierta altura parece que este cobrara vida propia. La forma ordenada en la que las columnas de carros transitan por las avenidas nos recuerda un sistema circulatorio. En los cuerpos humanos y de otras especies animales, la circulación lleva nutrientes a las células para su metabolismo, es decir, para la producción de energía y la construcción de protoplasma, y también para la eliminación de desechos. En la ciudad, el tráfico vehicular trasporta principalmente a las personas a su sitios de trabajo para la producción y el acarreo de elementos energéticos (alimentos) y otros bienes que constituyen el protoplasma de la ciudad, así que en este aspecto podemos establecer un parangón entre ambos tipos de sistemas. Pero, ¿Cómo surge este sistema? ¿Cómo se vuelve inteligente un montón de carros circulando?
Chica en automovil rojo
¡Uy, que amenaza!
La inteligencia colectiva del tráfico vehicular surge del equilibrio entre una serie de factores que influyen en la conducta humana. Para comenzar, es necesaria una buena dosis de conformismo en los individuos que deberán apegarse a un pequeño conjunto de reglas. Si todos los conductores siguen las reglas surgirá un orden característico en el conjunto. En el tráfico vehicular las reglas son: Evitar colisionar con otro vehículo o cualquier obstáculo a toda costa, detenerse en las señales de alto o en los semáforos en rojo, y transitar por el lado derecho en doble vía (excepto en el Reino Unido donde se conduce por costumbre por el lado equivocado). Como he dicho, el conformismo es necesario para el cumplimiento de estas reglas. No existen muchos individuos tan rebeldes que se crucen los letreros de alto solo porque les parecen ilógicos, por ejemplo.
El conformismo (la tendencia a “seguir la corriente”) ayuda a mantener uniforme la velocidad de los vehículos. Si de pronto un conductor decide correr más que los demás, otros lo imitarán y la velocidad promedio de flujo aumentará. Si usted es un conductor habrá notado que la velocidad de los diferentes vehículos transitando no varía mucho. Por otro lado, no siempre el conformismo resulta beneficioso. Cuando alguno de los conductores decide romper las reglas, muchos otros lo siguen y el tráfico puede convertirse en un caos. Por ejemplo, si unos pocos conductores comienzan a cruzar los semáforos en rojo pronto otros lo seguirán y se convertirá en algo común en la ciudad.
Como siempre, la tendencia humana a realizar acciones que le representen una ventaja con respecto a los demás conductores coadyuva en el mantenimiento de la inteligencia de grupo en el tráfico. Cuando una calle tiene varios carriles, muchos conductores se cruzarán casi por instinto a los más rápidos hasta que se restablece un equilibrio en la velocidad entre todos los carriles.
La cortesía es esencial para el buen funcionamiento del tráfico. En un sitio donde hay un obstáculo en un carril impidiendo el paso, invariablemente los conductores de dos carriles se alternarán para pasar. Al parecer se trata del mismo mecanismo cerebral que nos permite ser equitativos. Permitimos que el conductor del carril de al lado cruce antes, pero luego exigimos nuestro paso al que sigue. Y aunque los demás conductores no nos conozcan queremos mantener ante ellos la imagen de persona ecuánime, pero no tonta. Esto permite un flujo continuo a pesar del obstáculo.
Chica dentro de vehiculo gris
¡Salvese quien puedaaaaaa!
Si queremos medir la proporción de individuos con comportamiento egoísta en un instante determinado basta observar el tráfico. En una calle en donde hay que hacer una fila para cruzar, pero hay una oportunidad de cruzarse por el lado aprovechándose de los demás, unos cuantos individuos lo harán aun a costa de ver su imagen deteriorada. Yo diría que la proporción de tales individuos varía según las condiciones del tráfico. En un día de tráfico pesado la proporción de egoístas aumentará casi invariablemente. Pero siempre parece existir un equilibrio impuesto por la proporción de los respetuosos de la fila, encargados de presionar para mantener el orden, y los aprovechados, encargados de acelerar el tráfico.
El tráfico no es ajeno a los intereses particulares. Los taxistas conducen de una manera que tiende a maximizar su rendimiento económico. Corren a  altas velocidades cuando tienen clientes, que casi siempre corresponde a las horas pico. Cuando están en busca de clientes, en cambio, transitan a muy baja velocidad para ahorrar combustible. Si el taxista sin clientes conduce por una autopista se cruzará al carril rápido y se colocará al lado de algún vehículo a baja velocidad del otro carril, impidiendo el paso de los demás vehículos. Esto le permitirá ser el primer taxi en la fila con lo que maximiza sus posibilidades de obtener un cliente. En este caso específico el interés económico obstaculiza la inteligencia de grupo, pero como esto sucede a horas de bajo tráfico la repercusión es poca.
Lo llamativo del asunto del tráfico es que se autorregula y necesita solo de una mínima intervención humana (la policía de tránsito que casi no se ve). Desde luego el peor castigo para el que transgrede las reglas es tener un accidente y eso mantiene a raya a muchos conductores agresivos. Pareciera que hubiéramos evolucionado para conducir; como si hubiera alguna ventaja evolutiva por la que ahora somos esos buenos conductores que pueden mantener la inteligencia del sistema. Bueno, ya tenemos algunos miles de años de montar a caballo, ¿no es cierto?
Antaño, montábamos a caballo no solo para transportarnos, sino también para la guerra y la cacería. Es probable que los buenos jinetes cazaran más y fueran más exitosos para la guerra, lo que le podía proporcionar a la vez una ventaja procreativa al poder conseguir un mayor número de parejas sexuales. Pero aquí surge otro dilema: las mujeres conductoras. ¿Cómo explicamos la habilidad de las féminas al volante?
Pues bien, la habilidad de las féminas al volante lejos de refutar confirma lo anteriormente dicho. En general, sí hay diferencias en cuanto a las habilidades para conducir entre hombres y mujeres. Mientras el grupo de los hombres exhibe cierta uniformidad en sus habilidades, las mujeres, según he podido observar, se dividen en tres grupos: Aquellas que conducen estupendamente bien y mejor que cualquier hombre, una selecta e ínfima minoría dentro de la cual se encuentra usted, querida lectora (para que no se enoje); aquellas que cuando están detenidas haciendo un alto no cruzan hasta que ha pasado el único carro que se asoma allá lejos en el horizonte; y por último, aquellas que demuestran un atrevimiento desmedido y temerario.
Y a pesar de esto el sistema se mantiene, y es que como todo sistema las perturbaciones son amortiguadas por ciertos factores reguladores. Uno de estos factores es conducir a la defensiva evitando acercarnos a los conductores que transgreden las reglas, una conducta racional y extremadamente difícil en el mundo competitivo actual, pero un buen ejercicio para la voluntad.
Que tenga un feliz día J. PASTELES HONDURAS MÉXICO COLOMBIA ESPAÑA

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