martes, 28 de septiembre de 2010

El desequilibrio de la riqueza: poder y codicia en un mundo desigual









Por: Edwin Francisco Herrera Paz "Definitivamente doña Luz de Luna (Lulu para los amigos) sí que sabe sacar provecho del sistema", me dice un niño de hablar precoz sobre la señora que vende golosinas en la caseta de su escuela. La escuela –continúa el niño- le regala los vasos y ella los vende a tres lempiras. Si le pone un cubito de hielo al vaso sube el precio a cinco lempiras. Cuando le pregunté que por qué tenía las salchichas tan caras ella me contestó que porque eran traídas de Suiza. Días después me di cuenta que eran de la marca más barata de Honduras. ¡Doña Luz sí sabe! Yo le saco plática para ver si así me deja la comida más barata, pero siempre termino timado –concluyó el niño.
Bueno, doña Alma es una muestra a pequeña escala de nuestro sistema económico diseñado para sacar el mejor provecho de las situaciones en beneficio propio. Eso no está del todo mal, si es a pequeña escala.
Hace un tiempo conversaba con un amigo sobre el tema. Le comentaba que en el mundo moderno hay mucha desigualdad en la distribución de los recursos, que el sistema económico actual se basa en la competencia sin importarle el ser humano, o el conocimiento, o cualquier otra cosa que valga la pena. Que lo único que le interesa es la maximización de las ganancias, a lo que me contestó mi amigo que inevitablemente la sociedad tiene variabilidad de individuos. Algunos son más hábiles que otros y eso no está mal. Es la selección natural actuando. La ventaja del más apto en plena acción.
¿Será cierto? ¿Será la selección natural en acción actuando sobre los individuos por medio de los factores económicos? Definitivamente no a nivel individual. El individuo con muchísimos recursos tiene casi la misma probabilidad de sobrevivir y pasar los genes a la descendencia que el individuo promedio. Allí no hay selección natural. Lo que hay es una inestabilidad del sistema. Una aberración. Una desviación fuera de lo óptimo. La sociedad capitalista actual valora al individuo en tanto sea un ente con poder adquisitivo. Y es así como luchamos toda una vida para tener progresivamente más recursos. Sin embargo, lo que sí puede existir es la selección natural aplicada a poblaciones enteras valiéndose de inteligentes procedimientos de eugenesia sistemática (como comentaré más adelante), pero entonces la selección natural pasa a ser una selección artificial.
El crecimiento económico de las sociedades modernas se base en el valor futuro del dinero. Es decir, si yo le presto 100 a usted, deberá devolverme esos 100 dentro de un tiempo, más 10 adicionales de intereses. Pero esos 10 aun no existen. Usted se compromete por la promesa de crecimiento. Se espera que esos 10 salgan del crecimiento futuro del capital total. El sistema ha funcionado hasta ahora. Los países han crecido y el poder adquisitivo de las personas en el mundo va en aumento.
Pero el sistema económico ha crecido tanto que en la actualidad se ha vuelto inestable. La inestabilidad depende de la misma variabilidad de las personas. De la existencia de aquellos individuos que conocen tan bien el sistema que se aprovechan de él en beneficio propio. Antaño se decía, basándose en el modelo capitalista, que el sistema económico es completamente autorregulado y no necesita intervención humana. No son necesarios los controles. El libre mercado con su oferta y demanda se encarga de mantenerlo a raya y funcionando siempre.
De pronto, de este libre mercado surgen los individuos que consiguen acumular grandes fortunas, capitales absurdamente grandes, e inevitablemente utilizarán los recursos en beneficio propio. En la búsqueda de mayores ganancias se origina la corrupción a gran escala, alimentada por la sed de dinero, la codicia de la sociedad alentada por ese sistema, y surgen los derrumbes económicos. Las famosas explosiones de las burbujas financieras.
La corrupción es un fenómeno que comprende al mundo entero. Gigantescas compañías transnacionales pagan jugosos sobornos a funcionarios de los gobiernos para que sus proyectos les sean aprobados. Muchos de tales proyectos van en detrimento de la sociedad y de nuestro entorno, lo cual carece de importancia para el funcionario involucrado y el ejecutivo de la compañía con tal de inflar sus bolsillos con abundantes rectángulos verdes de papel. Lo hemos visto en nuestro país, lo hemos visto en el mundo entero y lo continuaremos viendo.
Los dueños del poder económico nos dictan nuestros gustos, nos dicen qué debemos comer, como debemos vestirnos, cómo debemos caminar, en qué políticos debemos confiar y en cuales no, y hasta qué debemos pensar. Controlan los medios e inclinan la opinión pública a su conveniencia. Penetran nuestra mente subrepticiamente mediante la publicidad continuada, ponen y quitan gobernantes a voluntad, y dominan el poder político mediante la estrategia de comprometer a los candidatos a cambio de patrocinio. Nos dicen que todo está bien y que los cambios no son necesarios, o por el contrario, que debemos temer a tal o cual “enemigo peligroso,” mientras nosotros no nos damos cuenta y nos convertimos en el “hombre marioneta.”
Esa hambre por el capital corrompe países completos, incluidos sus pobladores, sus cuerpos policiales, sus entes gubernamentales… ¡corrompe todo! Permea cada capa y cada estrato de nuestras sociedades. La sed de capital origina colapsos económicos a escala mundial, y perpetúa la pobreza en nuestros países tercermundistas.
El ser humano no es nadie si no es poseedor de cierto capital. No importa tanto su servicio a la sociedad, sus conocimientos o su arte, excepto si proporciona ganancia económica. No importa la ciencia, excepto si de esta se puede sacar ventaja económica. Y es así como las compañías farmacéuticas han destruido reputaciones y han impedido importantes avances terapéuticos si se han sentido amenazadas económicamente por algún novedoso descubrimiento que ponga en peligro las ventas de algún popular y redituable producto.
La sed del dinero ha sustentado la peor farsa de la humanidad hasta el momento: la lucha antinarcóticos. No hay tal lucha. La mencionada lucha es una adecuada justificación para la asignación de millonarios presupuestos que sustentan el modus vivendi de algunos funcionarios. Mientras nuestro poderoso hermano del norte se divierte y baila impunemente al ritmo del carísimo polvo blanco, Latinoamérica paga los platos rotos con la sangre de sus hijos; con la proliferación de la profesión más vil e infame que ha conocido la humanidad: el sicariato. Estos “prostitutos de la muerte” han proliferado tanto en mi país que muchos asesinan por encargo casi por el precio de una hogaza de pan. Y ya lo vemos cotidiano, rutinario. Ya ni nos asustamos de las últimas noticias de los seis decapitados, o los cinco secuestrados del día. Son solo “daños colaterales” de la “empresa.”
Por medio del tráfico de estupefaciente y la supuesta “lucha” antidroga de los Estados Unidos, los dueños de este planeta están cumpliendo su deseo de depurar el mundo civilizado de la peste de la Latinoamérica pobre. Han encontrado la forma más singular y simpática de realizar eugenesia sin mancharse las manos, y así poder parar el éxodo masivo de inmigrantes ilegales (el término actual es criminales. ¿En qué momento se volvió en el mundo la inmigración un crimen?). “¡Que se maten ellos mientras nosotros nos divertimos”! Y entonces, hermano levanta su pistola contra hermano sin sospechar que con su muerte está matando un poquito de su propio acervo genético.
¡Lucha antinarcóticos! No hace falta ser un genio para ver que mientras hay demanda hay oferta, el paradigma del libre mercado. Pero la demanda está presente aun en los más altos niveles. “¿Quién necesita lucha antinarcóticos cuando nosotros nos divertimos de lo lindo? ¡Que se maten ellos! Que libren el planeta de esa peste con genoma latinoamericano retrógrado. Que se autoaniquilen. Nosotros, solo promovamos la mentira.”
Ni la fe se ha librado de ser contaminada por la codicia y el desequilibrio económico, y hoy por hoy vemos en la iglesia de Cristo el resurgimiento de la antigua práctica de comprar milagros. Apreciamos estupefactos por la caja estúpida –que a decir verdad a veces es más lista que algunos humanos- la manera en la que ciertos ministros sugieren que todo milagro tiene un precio, y mientras mayor la paga mayor la benevolencia del Creador para con el dador. Procederes como este de parte de unos pocos líderes ponen en tela de juicio la conducta de toda nuestra iglesia, en detrimento de la imagen de los hombres de Dios. La imagen de nuestra iglesia ha caído tanto por la comercialización que hoy en día es un hecho aceptable que una artista de la música pop declare sin tapujos ni ambages de ningún tipo, que está sacando un curso en internet para ser “pastora evangélica” y de esa forma poder oficiar las bodas del mismo sexo de sus fans gays.
Los intereses económicos y la lucha por el poder condicionan a los codiciosos a manipularnos y lavarnos el cerebro para que sigamos tal o cual doctrina política. “No, no. No basta rezar, hacen falta muchas cosas para construir la paz,” reza la canción, y los latinoamericanos levantamos nuestras armas contra nuestros propios hermanos en busca de un ideal, y en lugar de construir la paz nos hicimos la guerra. Yo digo que ¡Más nos hubiera valido solo rezar!
“Los comunistas son la peor plaga de criminales del planeta”, nos dijeron, y levantamos las armas contra nuestros hermanos para matar el falso ideal. En aquel entonces, como ahora, nuestra Latinoamérica fue el terreno fértil para la lucha por la hegemonía mundial. Los muros cayeron, el comunismo tocó fondo y los ideales se desvanecieron, y hoy decir comunista es solo decir Fidel Castro, el último gran bastión que finalmente, al final de sus días, en busca de redención, confiesa que el “sistema” no sirve ni ha servido.
Porque peor que un sistema económico de libre mercado, o mejor dicho de libertinaje de mercado, es aquel que es absolutamente controlado por agentes del estado. La complejidad del sistema hace que muchísimas variables escapen al control y no queda más remedio que mantener el sistema en cautiverio, preso, evitando su crecimiento, estancado, carente de incentivos. Las sociedades humanas son como un niño en desarrollo. No debemos ser crueles y confinar al niño a cumplir con nuestra voluntad, pero tampoco tan permisivos que se malcríe. En ambos extremos el niño se echará a perder.
Y lo simpático del asunto es que no es el estado el destinado a ser el padre ideal. Los estados han demostrado ser malos padres y se podría decir que son, casi que invariablemente, parte del problema y no de la solución. Deberán surgir nuevas configuraciones basadas en una verdadera democracia, no propagandística ni manipuladora, que surja de las entrañas mismas de la inteligencia colectiva. Un nuevo sistema emergente.
Para terminar debo decir que como todo en un sistema complejo, la perturbación originada por el desequilibrio económico no es totalmente nociva. Algunos de los hombres más ricos del planeta están donando casi todas sus fortunas para obras filantrópicas, el porcentaje de pobres ha disminuido, la esperanza de vida ha aumentado y en Honduras, la construcción de lujosas residencias está en auge. Además, los hondureños podemos comprar medicamentos originales muy por debajo del precio de costo. Externalidades positivas del desequilibrio. “Cosas veredes, Sancho amigo”, diría el ingenioso Hidalgo de la Mancha.
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