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miércoles, 8 de septiembre de 2010

El placer desembocado: ¿Por qué debemos refrenar nuestros impulsos básicos?

A menudo, oigo a ministros de la palabra condenar a cierto tipo de pecadores; aquellos que se dejan llevar por su concupiscencia desenfrenada  y se entregan a los brazos del amor pasajero, aquel que después de instantes de pasión suprema deja un vacío interior que hizo afirmar al sabio rey Salomón: vanidad de vanidades. Aquel que, de acuerdo con algunos filósofos de la Grecia antigua, formaba parte de la máxima virtud: la búsqueda del placer. Me estoy refiriendo a las corrientes filosóficas denominadas epicureísmo y hedonismo.
Sin embargo, sucede que el placer no se encuentra únicamente en las manifestaciones de la sexualidad humana en todas sus variantes. Sentimos placer cada vez que nos encontramos saciando un apetito, el cual es a su vez, la manifestación de una necesidad, ya sea en la lucha por sobrevivir, como de la conservación de la especie.
De no ser por estas necesidades básicas entre las que se encuentran el comer, el beber y las relaciones sexuales, los seres humanos hace tiempo hubiésemos dejado de existir como especie. Vale decir entonces, que la búsqueda del placer se nos fue dada por mecanismos evolutivos en la justa cantidad para mantenernos vivos y perpetuar nuestros genes, o al menos ha sido así durante la mayor parte de nuestra existencia como especie. Por otro lado, el exceso de tiempo libre, el ensanchamiento de nuestro radio de acción social, y la disponibilidad de un excedente de alimento, ha vuelto aquellas manifestaciones de necesidades básicas en nuestra contra.
Para el caso, la propagación de pandemias como el VIH no hubiese sido posible en un mundo de cazadores recolectores, que no viajan más de unos cientos de kilómetros a lo largo de toda su vida. Pero en nuestra época todo es diferente. Los medios de transporte que han acortado distancias y han contribuido con la globalización, también han servido para propagar la epidemia alrededor del mundo.
Los métodos de anticoncepción determinaron el comienzo de una época dominada por el libertinaje. Nunca más nos deberíamos preocupar por traer niños no deseados al mundo, y con ello fue posible darle rienda suelta a los más ardientes deseos carnales. Pero en la década de los ochenta estos dos factores, libertinaje y transporte rápido garantizaron la vertiginosa dispersión de una epidemia que continúa haciendo estragos en muchos países.
Nunca antes se había vuelto tan vigente el mandato bíblico de cuidar de nuestro cuerpo porque es “templo y morada del Espíritu Santo,” y fue entonces que encontramos una clara relación entre la abstinencia sexual voluntaria y nuestra salud corporal. La pandemia del VIH-SIDA vino a recordarnos que todo exceso es malo, que las sociedades voluptuosas son sociedades en decadencia. Los romanos (y otros grandes imperios) tuvieron sus enfermedades venéreas, y nosotros, el VIH.
¿Y qué decir sobre la alimentación? Porque, da la casualidad que muchas personas que condenan el desenfreno sexual dan rienda suelta a su apetito gastronómico sin saber que ambos comportamientos son dos caras de la misma moneda. De nuevo, el hambre no está diseñada en la medida exacta para garantizar la supervivencia. Está más bien diseñada para embutirse de alimentos hasta reventar, y almacenar estos alimentos en forma de grasa.
En un mundo como el vivido por nuestros antepasados arborícolas, y luego por nuestros antepasados cazadores-recolectores, en donde el alimento hoy está pero mañana quizá no, esta fue una sabia estrategia de supervivencia. Esa grasa corporal acumulada de más, esas “llantitas” que hoy nos parecen un poco desagradables desde el punto de vista estético, en muchas ocasiones ayudaron a sobrevivir a nuestros ancestros en tiempos de hambruna, después de los cuales el portador de dichas lonjas volvía a quedar escuálido como un espagueti, ¡pero al menos había sobrevivido! Todo gracias a su apetito voraz durante el tiempo de abundancia.
 Con el inicio de la era industrial los alimentos comenzaron a procesarse en cadena, con un aumento en la producción y una disminución del precio. Ahora, todos podían comer lo que quisieran (en el mundo desarrollado, por supuesto). Sin embargo, no había mucho tiempo. Había que mantener el engranaje productivo, trabajar mucho y los únicos restaurantes que existían eran los de “comida lenta.” No había mucho tiempo para atiborrarse. Es entonces, muy recientemente, cuando surge el flagelo que pondría en nuestra contra millones de años de evolución en el aspecto alimentario. Me estoy refiriendo a ese otro tipo de cadenas: las de comida rápida.
En efecto. Gracias a la comida rápida el mundo desarrollado (y gran parte del subdesarrollado) se vio, en unas pocas décadas en un gigantesco problema de nutrición. Al tiempo que las dificultades pretéritas en materia de salud -principalmente las enfermedades infectocontagiosas- han sido superadas bastante bien en la mayor parte del mundo, las enfermedades crónico-degenerativas, especialmente las cardiovasculares y la diabetes, son los flagelos que atacan al ciudadano moderno, y su principal factor de riesgo es la obesidad.
Volviendo al tema del placer, ¿por qué lo experimentamos? La percepción de placer y dolor son tan viejos como el reino animal, filogenéticamente hablando. Los organismos inferiores se alejan de estímulos nocivos y son atraídos hacia los estímulos favorables. Definitivamente compartimos la experiencia del placer con el resto de los animales. En cuanto al sentimiento de recompensa que despierta la sensación placentera, los neurotransmisores serotonina y dopamina se han relacionado con esta. Las aéreas del encéfalo involucradas son: el núcleo accumbens, la corteza prefrontal, el hipocampo y la amígdala. Con excepción de la corteza prefrontal estas estructuras pertenecen al sistema límbico, involucrado en las emociones en general y en la memoria a corto plazo.
Por otro lado la corteza cerebral, especialmente la neocorteza característica de los seres humanos, es capaz de provocar una inhibición de la respuesta de búsqueda del estímulo placentero. Si hay algo en lo que somos semejantes a Dios es en esa capacidad voluntaria de inhibir estos fuertes impulsos. Por eso la abstinencia sexual voluntaria y el ayuno voluntario son dos características de los seres humanos que se entregan a la espiritualidad. Definitivamente, no creo que haya en el resto del reino animal un comportamiento que tenga parangón con esta capacidad humana de alejarse voluntariamente del placer.
Piénselo. Hay otras especies inteligentes, aunque no en la magnitud que ha alcanzado el hombre. Los chimpancés son capaces de realizar abstracciones matemáticas sencillas y de comprender y comunicar el lenguaje. Las ballenas poseen una forma de comunicación acústica muy elaborada, y los elefantes poseen una memoria prodigiosa y conciencia de sí mismos. Pero no hay en el reino animal otro espécimen con esa portentosa capacidad de autodominio sobre sus impulsos, sea en la búsqueda del placer, o en dar rienda a suelta a la furia, o incluso a los temores. El dominio sobre nuestras emociones es la base de lo que se ha llamado “inteligencia emocional,” que nos diferencia de los animales de una manera más clara que la abstracción, la cultura y el lenguaje.
Y usted, ¿está ejerciendo autocontrol? ¿O se deja llevar por sus impulsos? El autocontrol se ejercita, como el músculo. Comience a ejercitarlo hoy. 

viernes, 12 de marzo de 2010

De los dolores, los malos olores y otros tormentos

Dr. Edwin Francisco Herrera Paz.

Niño se quema la mano
Hoy, platicando con un amigo, me decía que el tema de la fealdad, los malos olores y otras percepciones desagradables es interesante, puesto que constituyen un castigo. Me gustaría hacer un análisis (aunque no exhaustivo) de lo que significa recibir un castigo en forma de una percepción desagradable, como el dolor físico y psicológico, los olores nauseabundos y el horror que producen algunas imágenes, entre otras cosas.

Niños hambrientos y Papa vestido de oro
He escuchado un argumento interesante en contra de la existencia de Dios. Dicho argumento dice que si Dios es un ser bueno y de misericordia, ¿Por qué permite el dolor y el sufrimiento? Resultaría entonces que si el sufrimiento es un castigo, ¿Por qué Dios inflinje dolor a los inocentes? O Dios no existe, o si existe pero es un Dios ajeno al dolor y los asuntos humanos.
Bueno, resulta que el dolor, el sufrimiento y otras sensaciones desagradables llamadas nociceptivas, no son un castigo sino al contrario. Es una maquinaria de defensa con la que venimos equipados todos los organismos biológicos.
dibujo ulceras gangrena pie
Pongamos el caso del dolor físico con dos ejemplos. Los pacientes que padecen del mal conocido como lepra, y los diabéticos con enfermedad avanzada. En ambas patologías hay una pérdida de la sensación dolorosa, y el resultado es que los golpes no duelen, y al no doler, no se evitan, con el consiguiente trauma sucesivo que termina muchas veces en la cercenación o la amputación de un miembro.
Carne asada muchacha linda
A todo lo largo del espectro evolutivo vemos estímulos atractores que causan placer, porque biológicamente se requiere una respuesta de búsqueda por parte del organismo, ya que el elemento que provoca el estimulo es necesario para su supervivencia. Las bacterias y los animales son atraídas por el alimento y las plantas por la luz; a nosotros nos atrae el olor del guiso que nos hace nuestra madre (a veces también el de la esposa), o el olor a carne asada cuando pasa por donde el Turco o donde Cacho, y a veces se queda comiendo. Nos atrae la belleza del sexo opuesto porque está relacionada con la reproducción y el proceso de reproducción mismo es sumamente placentero, ya que de lo contrario no esparciríamos nuestros genes, no nos reproduciríamos ni perpetuaríamos, ni evolucionaríamos, ni aumentaríamos en complejidad, ni nada.
nariz pinzada mal olor
La sensación de placer y la percepción de belleza auditiva o visual van acompañadas de poderosas respuestas de recompensa en nuestro cerebro reptil, o sistema límbico. Pero así como los atractores son necesarios, también lo son los estímulos repulsores. Huimos de olores desagradables porque estos se asocian a infecciones, descomposición y otros ambientes potencialmente nocivos de los que tenemos que escapar. Por eso si usted no se ha bañado en tres días, o está malito del estomago mejor quédese en su casa, o corre el riesgo de ser rechazado por sus congéneres (excepto su esposo(a), que se tiene que aguantar). Rechazamos el sabor amargo porque se relaciona con alcaloides o substancias naturales que en concentraciones altas podrían ser mortales. Rechazamos algunas formas poco atractivas visualmente porque estas se relacionan con peligros reales que ha afrontado la humanidad en su desarrollo evolutivo.
dibujo araña horrenda
Alguien ponía un ejemplo del efecto de la evolución sobre la percepción de lo feo. A muchos las arañas les parecen feas porque el veneno de las arañas ha causado numerosas muertes durante el desarrollo biológico de la humanidad. Si somos cazadores recolectores (la humanidad ha pasado la mayor parte de su existencia como cazadores recolectores) y dormimos bajo la luz de la luna, es probable que sufra tarde o temprano el ataque de una araña venenosa. Lógicamente, usted tendrá más posibilidades de sobrevivir si ve feo al bichejo y lo evita.
Carro de lujo doce cilindros
Como nuestra existencia en el mundo tecnológico se encuentra en pañales, en la actualidad usted no ve feo un lujoso automóvil que corre a 200 Km. por hora; sin embargo, el vehículo es cientos de veces más peligroso para su salud que la arañita (ya que usted tiene una probabilidad relativamente alta de morir fuera o dentro de él), y es así como usted sale despavorido cuando tiene una tarantulita a la vista, pero si su amigo tiene un lujoso maquinon 12 cilindros en V, nadie lo ve feo (es más bien el guapo del barrio). Al parecer la evolución humana tendría mucho camino por recorrer de no ser por el desarrollo en los próximos años de lo que se llama “mejoramiento humano”, que permitirá el control de nuestra propia evolución por métodos de ingeniería genética, lo cual catapultará el aumento en complejidad de las sociedades humanas hacia una fase de crecimiento exponencial.
Retomando el tema del dolor, ¿es el dolor físico y psicológico un castigo divino? No. Este mecanismo de protección es más bien una bendición que compartimos con las demás especies. Quizá deberíamos reformular la pregunta: ¿Por qué Dios permite las situaciones en las que hay dolor? ¿Por qué en lugar de proveernos con un mecanismo de evitación de estas situaciones, no nos aleja de ellas definitivamente?
entropía gas segunda ley
En primer lugar, para eso estamos en este mundo. Para luchar contra la destrucción, para progresar y crecer en complejidad, para dominar y vencer en un universo donde predomina el factor que tiende al desorden; y sin embargo, ese factor son necesario para crecer en complejidad ya que no se puede construir algo nuevo donde no hay destrucción parcial de las estructuras anteriores. Desde el punto de vista espiritual podríamos decir que hasta las fuerzas del mal tienen su propósito, y le pondré ejemplos.
especies homo
Para llegar a nuestro estado evolutivo y de complejidad actual, muchas especies debieron morir. La vida y su evolución son un continuo juego de prueba y error, borrar y volver a empezar, y construir sobre las cenizas. El ADN tiene sistemas de reparación muy eficientes, pero si no existiera la fuerza desorganizadora que origina las mutaciones (segunda ley) tampoco habría variabilidad y por ende, no existiría la adaptabilidad, y jamás se hubiese dado la evolución de los sistemas vivos. El químico y premio Nobel belga Ilia Prigogine describió las características que comparten los sistemas complejos, y una de ellas es y la presencia de perturbaciones locales que permiten la autorganización a partir del desorden.
hormigas obreras inteligencia
Lo vemos por todos lados. Para que las sociedades evolucionen se necesita (casi siempre) que una elite degenere bajo sus propios excesos, lo que origina las guerras, revoluciones, las rebeliones, las luchas por la emancipación, los golpes de estado (o sucesiones constitucionales, según usted lo vea) y a partir de allí nuevas formas de ver la política, nuevas y mejores maneras de gobernar que permiten un desarrollo ulterior de los sistemas sociales. No es un juego circular, sino hacia adelante, siempre hacia una mayor complejidad, y si el ser humano fracasara, hay otras especies inteligentes en lista de espera para ser los nuevos seres elegidos (buenos candidatos son los delfines, los elefantes, los pulpos y algunas especies de aves, aunque podría ser un superorganismo inteligente formado por individuos, como abejas u hormigas. Las posibilidades son infinitas). El fin último, la conquista del universo y el dominio sobre la segunda ley.
luz tunel muerte
Visto desde este ángulo el mal no es solo natural, y una pequeña dosis es incluso necesaria para la evolución. El dolor físico y psicológico son elementos que moldean la mente y el carácter, y la maquinaria que nos provee resiliencia para soportarlo es compleja. Quizá lo más temido por el ser humano es el evento disruptivo de nuestra propia existencia física: la muerte. ¿Por qué Dios permite la muerte de niños pequeños y de gente inocente en general? ¿Es un castigo? ¿Es mala la muerte? Desde luego que la muerte es mala desde el punto de vista terrenal, pues corta con el propósito de Dios para nosotros, pero la perspectiva de la muerte física para Dios debe ser muy diferente a la nuestra.
Después de leer lo que he escrito usted pensará que estoy un poquitin chiflado y quizá tenga algo de razón (en persona soy más cuerdo), pero la culpa es de ciertos genes italianos que heredé de mi padre, aunque ese asunto de la locura también es relativo (para referencia revisar “El Loco”, del escritor árabe Kalil Gibran). Para resumir, pienso que el dolor y el sufrimiento no son buenos argumentos en contra de la existencia de Dios. Saludos.