Por: Edwin Francisco Herrera Paz
No hay mecanismo más
elegante y simple para la construcción de maquinarias complejas destinadas la
realización de diversas tareas, que la evolución. La evolución se basa en la
selección, ya sea natural o artificial, de aquellos elementos que resultan más
útiles para la tarea en un entorno determinado.
Cualquiera podría construir,
valiéndose de la evolución, un aparato que realice una labor dada si
cuenta con la suficiente cantidad de tiempo para realizar múltiples (quizá
miles o cientos de miles de) ensayos. Funciona más o menos así. Diseñe un
aparato que realice una tarea específica. Haga ligeras variaciones en las
piezas que lo forman y ejecute el trabajo con cada una de estas variaciones.
Luego, escoja la variante que lo realizó mejor y elimine el resto.
Aplique ligeras variaciones sobre este elemento y vuelva a probar. Repita el
proceso iterativamente miles de veces. Al final obtendrá una de las
configuraciones más eficientes del elemento. De hecho, existen programas de
computadora que tiene la finalidad de encontrar las mejores maneras de construir aparatos de diversa índole, lo cual se consigue realizando simulaciones mediante los mecanismos de la evolución.
Desde luego hay un gran
número de configuraciones posibles que podrán realizar una tarea específica
eficientemente, y es por ello que ligeras variaciones en la escogencia de las
variantes en cada generación, aplicadas durante miles de generaciones,
resultarán en diseños diferentes, pero igualmente efectivos. Pondré como
ejemplo de este fenómeno, la locomoción. Las serpientes reptan, y la mayoría de
las especies animales poseen miembros. Ambas son dos formas válidas y
eficientes de trasladarse del punto A al punto B. Por el contrario, dos
estructuras que han evolucionado separadamente pero que cumplen la misma
función, pueden, mediante el mecanismo evolutivo, llegar a tener una semejanza morfológica
sorprendente. A esto se le llama convergencia evolutiva, y buenos ejemplos son las alas de las aves, de los insectos y los murciélagos, o las aletas de peces y cetáceos.
La evolución actúa en todos
los niveles de complejidad, y en el nivel básico, las proteínas que componen un ser vivo también
evolucionan. Hoy en día se utiliza el mecanismo evolutivo en el laboratorio incluso
para diseñar proteínas con funciones específicas, procedimiento que ya ha
encontrado un nicho en el diseño de medicamentos.
Un aspecto interesante de la
evolución es que se vale de lo que ya está. En cada generación, las variantes
se originan a partir de estructuras ya existentes. Algunas estructuras dejan de
utilizarse gradualmente y van quedando como vestigios, reliquias inservibles
que alguna vez tuvieron función. Así, hay proteínas que dejan de producirse, y
los genes que las codifican quedan como vestigios de un pasado que fue y no
volverá, solo ocupando un espacio en el genoma. En el ser humano, se mencionan
como órganos vestigiales el quinto ortejo (dedo pequeño) del pie, que alguna
vez nos sirvió para equilibrarnos, y el apéndice vermiforme, que actualmente
tiene como única función ayudarle al cirujano a pagar las cuotas mensuales de
su casa cuando a alguien le da apendicitis; pero también se puede considerar
como vestigial el comportamiento agresivo guerrerista que determinó en parte
nuestra evolución hacia organismos eusociales, al obligarnos a establecer una
fuerte cohesión en grupos beligerantes y competitivos de cazadores
recolectores. La humanidad ya no necesita las guerras para evolucionar hacia la
eusocialidad.
Se dice actualmente que las
características biológicas de las sociedades humanas coevolucionan con las
características culturales, adaptándose la una a la otra en una danza continua.
A modo de ejemplo, el gen de la lactasa, enzima que digiere el azúcar de la
leche, evolucionó en Occidente gracias a la introducción de la ganadería. Las variantes nuevas se difundieron debido a que sus portadores podían continuar
consumiendo leche toda su vida disminuyendo las probabilidades de desnutrición,
contrario a las variantes antiguas que determinaban la producción de la enzima
solamente durante la niñez. Pero como las variantes antiguas han sobrevivido, todavía observamos algunas personas adultas que al tomar leche
les da "corre que te alcanzo", como decía mi abuelita. El remedio es
recetar lechita deslactosada, y como en la actualidad las personas sin ninguna variante genética nueva sobreviven sin problema, las variantes antiguas ya
no están condenadas a desaparecer.
También se piensa que los
aspectos culturales, como la preferencia hacia sistemas políticos, económicos y
religiosos determinados, se adaptan perfectamente a la genética de una
civilización milenaria específica. Los problemas surgen cuando dos civilizaciones
disímiles se fusionan, originando un tsunami y produciendo ondas de
inestabilidad social que perduran por muchas generaciones, hasta que poco a
poco se alcanza un nuevo equilibrio. Ejemplos de esta inestabilidad los podemos
ver en América Latina, cuya población resultó de una mezcla tricontinental, y
también en África, con sistemas sociales milenarios a los que el colonialismo
imperial les impuso los modernos sistemas políticos europeos, lo que resultó en
crueles dictaduras, luchas por el poder, corrupción, atraso económico y
hambruna.
En fin, la evolución moldea
los organismos y estructuras en una diversidad inimaginable, adaptándose,
interactuando y cambiando siempre. A menudo me preguntan si creo en la
evolución, a lo que contesto que el fundamento de este mecanismo de cambio está englobado
dentro de una teoría, definida esta última como un cuerpo de conocimientos que
ofrece una explicación racional de algunos fenómenos de la naturaleza. Como
tal, en la evolución no creo, pero tampoco dejo de creer, simple y
sencillamente porque no es una creencia. Tan absurdo es preguntar sobre la
creencia en la evolución, como en la creencia en la teoría cuántica, la
relatividad o el electromagnetismo, por poner algunos ejemplos. Puedo creer que
mis abuelitas se fueron al cielo, o que el alma perdura después de la muerte,
pero no en la evolución.
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