A menudo, oigo a ministros de la palabra condenar a cierto tipo de pecadores; aquellos que se dejan llevar por su concupiscencia desenfrenada y se entregan a los brazos del amor pasajero, aquel que después de instantes de pasión suprema deja un vacío interior que hizo afirmar al sabio rey Salomón: vanidad de vanidades. Aquel que, de acuerdo con algunos filósofos de la Grecia antigua, formaba parte de la máxima virtud: la búsqueda del placer. Me estoy refiriendo a las corrientes filosóficas denominadas epicureísmo y hedonismo.
Sin embargo, sucede que el placer no se encuentra únicamente en las manifestaciones de la sexualidad humana en todas sus variantes. Sentimos placer cada vez que nos encontramos saciando un apetito, el cual es a su vez, la manifestación de una necesidad, ya sea en la lucha por sobrevivir, como de la conservación de la especie.
De no ser por estas necesidades básicas entre las que se encuentran el comer, el beber y las relaciones sexuales, los seres humanos hace tiempo hubiésemos dejado de existir como especie. Vale decir entonces, que la búsqueda del placer se nos fue dada por mecanismos evolutivos en la justa cantidad para mantenernos vivos y perpetuar nuestros genes, o al menos ha sido así durante la mayor parte de nuestra existencia como especie. Por otro lado, el exceso de tiempo libre, el ensanchamiento de nuestro radio de acción social, y la disponibilidad de un excedente de alimento, ha vuelto aquellas manifestaciones de necesidades básicas en nuestra contra.
Para el caso, la propagación de pandemias como el VIH no hubiese sido posible en un mundo de cazadores recolectores, que no viajan más de unos cientos de kilómetros a lo largo de toda su vida. Pero en nuestra época todo es diferente. Los medios de transporte que han acortado distancias y han contribuido con la globalización, también han servido para propagar la epidemia alrededor del mundo.
Los métodos de anticoncepción determinaron el comienzo de una época dominada por el libertinaje. Nunca más nos deberíamos preocupar por traer niños no deseados al mundo, y con ello fue posible darle rienda suelta a los más ardientes deseos carnales. Pero en la década de los ochenta estos dos factores, libertinaje y transporte rápido garantizaron la vertiginosa dispersión de una epidemia que continúa haciendo estragos en muchos países.
Nunca antes se había vuelto tan vigente el mandato bíblico de cuidar de nuestro cuerpo porque es “templo y morada del Espíritu Santo,” y fue entonces que encontramos una clara relación entre la abstinencia sexual voluntaria y nuestra salud corporal. La pandemia del VIH-SIDA vino a recordarnos que todo exceso es malo, que las sociedades voluptuosas son sociedades en decadencia. Los romanos (y otros grandes imperios) tuvieron sus enfermedades venéreas, y nosotros, el VIH.
¿Y qué decir sobre la alimentación? Porque, da la casualidad que muchas personas que condenan el desenfreno sexual dan rienda suelta a su apetito gastronómico sin saber que ambos comportamientos son dos caras de la misma moneda. De nuevo, el hambre no está diseñada en la medida exacta para garantizar la supervivencia. Está más bien diseñada para embutirse de alimentos hasta reventar, y almacenar estos alimentos en forma de grasa.
En un mundo como el vivido por nuestros antepasados arborícolas, y luego por nuestros antepasados cazadores-recolectores, en donde el alimento hoy está pero mañana quizá no, esta fue una sabia estrategia de supervivencia. Esa grasa corporal acumulada de más, esas “llantitas” que hoy nos parecen un poco desagradables desde el punto de vista estético, en muchas ocasiones ayudaron a sobrevivir a nuestros ancestros en tiempos de hambruna, después de los cuales el portador de dichas lonjas volvía a quedar escuálido como un espagueti, ¡pero al menos había sobrevivido! Todo gracias a su apetito voraz durante el tiempo de abundancia.
Con el inicio de la era industrial los alimentos comenzaron a procesarse en cadena, con un aumento en la producción y una disminución del precio. Ahora, todos podían comer lo que quisieran (en el mundo desarrollado, por supuesto). Sin embargo, no había mucho tiempo. Había que mantener el engranaje productivo, trabajar mucho y los únicos restaurantes que existían eran los de “comida lenta.” No había mucho tiempo para atiborrarse. Es entonces, muy recientemente, cuando surge el flagelo que pondría en nuestra contra millones de años de evolución en el aspecto alimentario. Me estoy refiriendo a ese otro tipo de cadenas: las de comida rápida.
En efecto. Gracias a la comida rápida el mundo desarrollado (y gran parte del subdesarrollado) se vio, en unas pocas décadas en un gigantesco problema de nutrición. Al tiempo que las dificultades pretéritas en materia de salud -principalmente las enfermedades infectocontagiosas- han sido superadas bastante bien en la mayor parte del mundo, las enfermedades crónico-degenerativas, especialmente las cardiovasculares y la diabetes, son los flagelos que atacan al ciudadano moderno, y su principal factor de riesgo es la obesidad.
Volviendo al tema del placer, ¿por qué lo experimentamos? La percepción de placer y dolor son tan viejos como el reino animal, filogenéticamente hablando. Los organismos inferiores se alejan de estímulos nocivos y son atraídos hacia los estímulos favorables. Definitivamente compartimos la experiencia del placer con el resto de los animales. En cuanto al sentimiento de recompensa que despierta la sensación placentera, los neurotransmisores serotonina y dopamina se han relacionado con esta. Las aéreas del encéfalo involucradas son: el núcleo accumbens, la corteza prefrontal, el hipocampo y la amígdala. Con excepción de la corteza prefrontal estas estructuras pertenecen al sistema límbico, involucrado en las emociones en general y en la memoria a corto plazo.
Por otro lado la corteza cerebral, especialmente la neocorteza característica de los seres humanos, es capaz de provocar una inhibición de la respuesta de búsqueda del estímulo placentero. Si hay algo en lo que somos semejantes a Dios es en esa capacidad voluntaria de inhibir estos fuertes impulsos. Por eso la abstinencia sexual voluntaria y el ayuno voluntario son dos características de los seres humanos que se entregan a la espiritualidad. Definitivamente, no creo que haya en el resto del reino animal un comportamiento que tenga parangón con esta capacidad humana de alejarse voluntariamente del placer.
Piénselo. Hay otras especies inteligentes, aunque no en la magnitud que ha alcanzado el hombre. Los chimpancés son capaces de realizar abstracciones matemáticas sencillas y de comprender y comunicar el lenguaje. Las ballenas poseen una forma de comunicación acústica muy elaborada, y los elefantes poseen una memoria prodigiosa y conciencia de sí mismos. Pero no hay en el reino animal otro espécimen con esa portentosa capacidad de autodominio sobre sus impulsos, sea en la búsqueda del placer, o en dar rienda a suelta a la furia, o incluso a los temores. El dominio sobre nuestras emociones es la base de lo que se ha llamado “inteligencia emocional,” que nos diferencia de los animales de una manera más clara que la abstracción, la cultura y el lenguaje.
Y usted, ¿está ejerciendo autocontrol? ¿O se deja llevar por sus impulsos? El autocontrol se ejercita, como el músculo. Comience a ejercitarlo hoy.






