lunes, 20 de diciembre de 2010

El origen de la duda: el temor a los cuernos, las disputas por la paternidad y comportamientos sexuales biológicamente condicionados


Edwin Francisco Herrera Paz. Ya hace más de 3000 años una mujer acudió ante el rey para solicitar su veredicto en un delicado asunto. Ella y otra mujer dieron a luz en la misma habitación. La reclamante decía que el niño de la otra mujer había muerto durante la noche, y al verlo muerto lo cambió por su hijo mientras ella dormía. Al despertar reconoció inmediatamente que la criatura no era la suya. ¿Cómo saber si decía la verdad?

El sabio rey Salomón encontró una salida fácil e ingeniosa al asunto (aunque un poco violenta). Ordenó que el niño fuera partido en dos y se le diera la mitad a cada una de las mujeres. De inmediato, la verdadera madre se negó. Prefería que el niño pasara a manos de la otra mujer antes que verlo muerto. El asunto quedó zanjado adecuadamente.
Es muy poco probable observar en la actualidad un caso como este, narrado en 1Re3:16-28, puesto que en los hospitales de hoy se identifica claramente al recién nacido con un brazalete para evitar confusiones. Pero, ¿qué pasaría si los brazaletes se confundieran? Si los familiares repararan en el cambio se les realizaría una sencilla prueba de paternidad a los niños y a las madres. Pero no es hasta muy recientemente que la humanidad ha podido, gracias a la tecnología de tipificación del ADN, determinar la paternidad o maternidad biológica sin margen de duda.
El juicio de Salomón es uno de esos raros casos en los cuales la historia registra una disputa por maternidad. Lo usual es la duda sobre la paternidad, o en palabras de los genetistas forenses, “de la madre no se duda”. Pero, ¿por qué es tan importante determinar la paternidad biológica? Bueno, porque para los hombres tiene una importancia psicológica fundamental por razones evolutivas que explicaré a continuación.


Muchos aspectos del comportamiento del humano han sido modelados en un rango de tiempo que va de unas decenas de miles, a millones de años. La actitud frente a las cuestiones económicas, la búsqueda de pareja, la vida en familia, las relaciones, la conducta altruista, la inclinación sexual, la violencia, la guerra, los hábitos alimenticos y aun nuestro gusto por el futbol,  tienen un alto componente genético determinado por esta evolución. Sin embargo, la fracción con la que contribuye la genética y la fracción en la que interviene el entorno cultural en muchos de estos aspectos es objeto de investigación en la actualidad. A pesar de esto, sin duda hay comportamientos universales que tienen una signatura evolutiva evidente.
La conducta sexual diferencial es un ejemplo. El hombre produce diariamente cientos de miles de gametos (espermatozoides), mientras la mujer produce un solo gameto (óvulo) cada mes. Es decir, los hombres son miles de millones de veces más fértiles que las mujeres, lo que naturalmente determina diferencias conductuales.


Para el hombre resulta ventajoso, desde el punto de vista biológico, fecundar la mayor cantidad posible de mujeres puesto que es capaz de procrear con todas ellas transmitiendo sus genes a su descendencia. Biológicamente, para el hombre no es tan importante la calidad como la cantidad. La maximización económica en términos de la supervivencia de los genes masculinos, está dada por la máxima cantidad de mujeres con las que se puede aparear, con un mínimo de gasto energético en las crías. Así, si una mujer porta el hijo de un hombre en su vientre, a este le conviene que otro se haga cargo de la responsabilidad de criarlo. Esta ventaja biológica se ve reflejada en una conducta sexual masculina más liberada y promiscua que su contraparte femenina, y en los altos índices de paternidad irresponsable que se observa en algunos países.


Ahora veamos qué pasa cuando un hombre cría (sin saberlo) un hijo que no es suyo. Este individuo estará sin duda experimentando un enorme gasto energético con una recompensa biológica prácticamente nula. Este hombre no pasará sus genes a la descendencia y por ende el comportamiento conformista con respecto a la paternidad morirá con él. Así, el comportamiento masculino que ha encontrado su ruta hasta nuestros días, es el de suspicacia con respecto a la paternidad, siendo frecuente una pequeña –e incómoda- duda que raras veces se expresa. Para el caso, se ha demostrado que los celos de los hombres tienen su origen en el temor a “los cuernos” que darían lugar a un embarazo en su pareja con el qué, sobra decirlo, él mismo tendría que cargar.


Las mujeres, en cambio, necesitan cuidar sus preciados y escasos óvulos. Para que su genoma sobreviva y se perpetúe, deberá cuidar extremadamente bien a su descendencia. Deberá encontrar una pareja que le ayude adecuadamente con su cría: un hombre fuerte y altruista. A la mujer le conviene calidad y no cantidad. Por lo tanto, el comportamiento femenino que maximizará su éxito biológico será el de escoger cuidadosamente a su pareja sexual. Además para la mujer, desde el punto de vista biológico, no será tan importante que el hombre a su lado sea el verdadero padre de la criatura. Mientras este proporcione el adecuado gasto energético a la cría, ella podrá transmitir sus genes a la descendencia. Por lo tanto, el silencio de la infidelidad le conviene.
En el ser humano moderno la vida en pareja y en familia, y las relaciones conyugales con todas sus dificultades, dependen del estira y encoge de estas conductas para lograr un balance adecuado que favorezca los resultados de grupo, y aunque las conductas pueden ser modificadas por las presiones culturales, continúan manifestándose en su forma básica que se ve reflejada en las estadísticas, como por ejemplo:
-         1) En estudios efectuados en diversos países se ha demostrado un porcentaje nada despreciable de familias en las que un hombre, sin saberlo, está criando un niño que no es su hijo biológico.
-          2) Tan fuerte es el temor a criar hijos ajenos, que un porcentaje importante de asesinatos en diferentes países está conformado por crímenes pasionales en los que el hombre se entera que su pareja está teniendo una aventura.
-         3) Las pruebas de paternidad con fines privados (no requeridas por alguna institución del estado) han tenido un importante auge en la última década a pesar su precio relativamente alto.
Un motivo frecuente de solicitud de la prueba de paternidad (según he podido constatar en mi base de datos) es el siguiente: Un hombre mayor pero económicamente solvente, o un ciudadano americano, tiene relaciones con una joven hondureña la cual queda embarazada. La muchacha alega que el padre es el hombre mayor (o el ciudadano americano). En estos casos la prueba resulta, frecuentemente, excluyente de la paternidad. Sin duda este tipo de casos ilustran en todo su esplendor el comportamiento condicionado biológicamente. El señor mayor ha cumplido con formar una familia. Ahora, procrear con una muchacha joven le garantizará el aumento de su acervo genético. La muchacha, en cambio, busca un joven fuerte y vigoroso que pueda darle hijos sanos, pero acusa al señor de ser el padre pues de este obtendrá el cuidado adecuado para su futuro hijo. Aunque la mentira puede ser descubierta hoy en día gracias a la prueba de paternidad, la evolución determinó que este tipo de interacciones fuera más bien frecuente. Ambos están jugando, sin saberlo, a una lotería biológica de miles de años de existencia.
Considero aclarar, a estas alturas, que estos fenómenos se llevan a cabo inconscientemente, conducidos por procesos hormonales y neurales que dan como resultado un impulso, un deseo, una tendencia. Así como una interfaz de computadora está construida capa sobre capa, donde la primera capa es un lenguaje de ceros y unos y la última una sofisticada plataforma gráfica, el origen de nuestro comportamiento se encuentra oculto en la primera capa constituida por las secuencias de nuestros genes, que se manifiestan de alguna forma en la última capa compuesta por un intrincado código de comportamiento. Pero aunque la analogía es adecuada, los procesos bilógicos son supremamente más complejos que los procesos llevados a cabo en el interior de las computadoras actuales.
A este respecto y continuando con la analogía, nadie puede negar que una computadora adquiere una “personalidad” particular. Dos computadoras idénticas y con el mismo software se diferenciarán en su comportamiento con el paso del tiempo, dependiendo de los gustos, habilidades y preferencias del usuario y los programas descargados de la red. Así mismo, los genes preparan la infraestructura en donde se desarrollará el complejo código de comportamiento, pero es finalmente el ambiente y el entorno cultural los que determinarán como se manifestarán las tendencias.
Así es que ya sabe. Si usted es una mujer a la que su pareja le ha confesado que tiene dudas sobre la paternidad, no se moleste con él. Recuerde que es una reacción normal escrita en lo más profundo de su genoma. Permítale hacer una prueba de paternidad para aclarar las dudas de una vez por todas. 

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