Por los días de la navidad del 2010 fui con mi familia de visita a una colorida población en el occidente de Honduras.
Sensenti es un pueblo limpio y apacible en cuyo parque se yergue una estatua de Cristobal Colón.
El colorido de las casas y las carretas tiradas por bueyes es exquisito.
Sus ramas parecen perderse en el horizonte.
Y sus ramas más altas se elevan hasta los cielos.
El imponente árbol es refugio de zopilotes y otras aves de gran tamaño.
Yo, me llené de valentía y decidí treparlo emulando a mis lejanos antepasados arborícolas.
No con poca dificultad logré conquistar la rama…
Me sentí como en la cima del mundo.
Bueno, no era una rama muy alta que digamos…
Mi hijita se dedicó a pelear con sus hermanos por unos columpios algo viejos y destartalados. Yo, para evitar continuar oyendo los estridentes gritos que la niña a fuerza de práctica tesonera ha aprendido a hacer, saqué a su hermana del columpio y se lo di a ella.
La niña no se dio por satisfecha. Continuó con su llantito desesperante y se colocó en un subibaja con solo un asiento para que yo jugara con ella.
Tuve que ceder ante esa carita suplicante y manipuladora, y con la fuerza de un brazo me puse a columpiarla. Ella por fin sonrió.
Yo también estaba contento columpiándola cuando de pronto….
En el punto álgido del recorrido del asiento, la niña se soltó y salió disparada por los aires cual misil balístico cayendo en el suelo, que por fortuna era bastante blando.
Yo tomé a mi hija en brazos, quien ahora lloraba desconsoladamente por el dolor moral y la vergüenza.
Poco tiempo después mi hija ya estaba contenta de nuevo. ¡Ay mi Tis!
¡Qué arbolote!
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