lunes, 10 de septiembre de 2012

¿QUE TIENEN QUE VER UNA BONITA CANCIÓN DE GUILLERMO ANDERSON, LAS PRENDAS DE ROPA INTERIOR, Y EL TRÁFICO HACIA LOS ESTADOS UNIDOS?

Dedicado a doña Chencha Anderson y todos los hondureños expatriados

Por: Edwin Francisco Herrera Paz



alimento hondureñoMe encontraba oyendo una magnífica canción del afamado cantautor hondureño Guillermo Anderson en la que menciona una gran cantidad de comidas de diferentes regiones de nuestro país. Guillermo Anderson en su canción espera que aquel paquete de tortillas tostadas en comal, las pupusitas de lorocos, la flor de izote enhuevada en huevitos de amor y la bolsa de mantequilla escurrida de hacienda, todo preparado al estilo de doña Rosa y que le manda a la tía (doña Chencha Anderson) que llegó en la década de los 70 a los Iunaited Esteits después de salvarse del tren, el río y el desierto, pasen la aduana. Espera que la migra no ande con papadas y no le quite las cositas que tanto se añoran cuando uno se encuentra lejos del terroncito que lo vio nacer.


restaurante hondureño
Restaurante hondureño en Baltimore
Mi mente voló con los recuerdos de mis días en Nueva York, cuando alguna vez el deseo de frijolitos rojos fritos nos hizo transportarnos a un grupo de hondureños al supermercado “Mi Bandera”, un establecimiento salvadoreño ubicado en Nueva Jersey en donde se puede encontrar toda clase de productos de nuestra cocina. O de mis días en Colombia, cuando esperábamos con impaciencia a que algún hondureño viajara para que nos llevara un poco de “Maseca”, ya que la harina procesada con la que se hacen las arepas es inadecuada para la manufactura de tortillas. También recordé que la larga estancia en aquel país sudamericano hizo que más de una vez rodara un lagrimón por mi mejilla al escuchar una lacrimógena canción de Anderson llamada “En mi País”.

mapa y bandera hondureña
Y es que en cuestiones culinarias hay gente mañosa y quisquillosa, que no come la comida de otro sitio ni a arrastras. Los hondureños somos requete quisquillosos con nuestros frijolitos rojos, y he conocido a más de una persona que desperdició tremenda oportunidad de estudio o de trabajo en otros lares por no despegarse de los tales frijoles. Recordé el último viaje de mi hermano allende el Atlántico. Se fue con mi cuñada, mi mamá y otros Abogados a sacar un curso a España. Su equipaje era liviano, pero llevaba una pequeña maleta de mano a punto de estallar. A sus compañeros de viaje les extrañaba que mi hermano se abstuviera de cenar, pero en lugar de adelgazar, cada día ganaba más libras.

mariscos
Fue hasta el último día que se dieron cuenta del contenido del equipaje de mano de mi hermano: una gigantesca bolsa de frijoles rojos fritos que saboreaba por las noches mientras los demás comían en algún restaurante, a precio de un ojo de la cara (¿y es que acaso hay ojos en otro sitio pues?), una rodajita de jamón serrano, o un par de gambas (especie de camarones) crudas con limón, de esas a las que los españoles les dejan la cabeza completita, y parece que lo están viendo a uno como diciendole: “noooo, no me comas por favoooor”. La precisión matemática de mi hermano es increíble pues racionó los frijoles para que le duraran hasta el día del regreso.

ratón de laboratorio
Bien, estas cosas recordaba mientras escuchaba la melodía cuando me invadió una especie de coraje. Me pregunté del por qué en todos los supermercados del mundo hay una estantería de comida china, coreana y japonesa, pero hondureña ¡nones! Si ellos no pueden vivir sin sus sopas de nido de golondrina, o sin sus tiritas de carne seca de Mus musculus*, nosotros no podemos vivir sin nuestros frijolitos fritos con tortilla. ¡Eso es discriminación!

comida fea
Mi mente entonces comenzó a cavilar sobre la mejor forma de pasar aquellas suculencias por la aduana del inmenso país del norte sin que los perros entrenados las detecten. Me decía a mi mismo: “mi mismo, si los narcotraficantes pueden pasar cocaína, ¿por qué nosotros, ciudadanos luchadores de la clase media, no podemos pasar un par de tamales, montucas, o de ayotes en miel? ¿Cómo podremos ingeniarnos para que nuestros familiares puedan vivir el momento de éxtasis efímero que significa probar la cocina con la que crecimos?”

guacal
Entonces, como yo soy muy recursivo, deductivo e inventivo, en un momento de inspiración suprema como la que tuviera Neruda al pensar en Morazán, se me ocurrió una forma de traficar con el atol chuco. Este es un brebaje hecho de maíz crudo, y se le llama “chuco” (regionalismo hondureño que significa sucio) porque es fermentado, pero en realidad no es tan chuco. La manera de transportarlo (invento que pienso patentar) para que pase desapercibido por los canes de la aduana se puede resumir en unos cuantos pasos que enumero a continuación (con números romanos para más caché):

I. Se prepara el atol en la forma tradicional. Este es el paso más sencillo.

II. Se empapan completamente unos cuantos calzones con el atol. La cantidad de calzones dependerá de la cantidad de atol que se quiera transportar, la cual será proporcional a la cantidad de familiares en los Iu Es Ei. No se recomiendan tangas, biquinis ni esas prendas del tamaño de una curita, llamadas “hilos dentales”, ya que la cantidad de atol absorbido estará dada en función del área total de las prendas extendidas, y no al volumen de las prendas ya empacadas. Para dicho fin los calzones de la abuela son ideales.

III. Se ponen las prendas a secar entre las 10 de la mañana y las 4 de la tarde bajo el sol de San Pedro Sula. Antes, asegurarse que no haya nubes de agua o el proyecto completo estará destinado al fracaso.

IV. Cuando estén bien secas (al punto de “tostadas” las prendas deberán lucir como almidonadas) empáquelas, póngase a escuchar la canción de Guillermo Anderson, y emprenda su viaje (aclaración obligada: NO SE LLEVE PUESTOS LOS CALZONES porque lo meterán preso por Mula).

V. Una vez que llegue a su destino (a estas alturas sus familiares estarán desesperados con la boca hecha agua por una tacita de atol) pida una tina con agua caliente y meta en ella todos los calzones. Deje reposar un rato, retuerza y exprima los calzones hasta la última gota y ¡taraaaaa! Ya tiene una buena cantidad de atol chuco reconstituido que puede almacenar en botellas.

viejita picara
Mmm naa, esos están muy chiquitos, abuelita
Les conté este mi más reciente genial invento a mis amigos del Facebook y a alguien se le ocurrió que los calzones debían ser nuevos. No estuve de acuerdo puesto que el atol es chuco y debe hacer alusión a su nombre. Es más, de dicha discusión hasta surgió un proyecto de negocio en el gran imperio, una industria de atol chuco importado (desde luego que desde aquí será “exportado”, sobra decirlo) llamada “Honduran Atol Chuco, Receta de la Abuelita”, en honor a la dueña de los calzones.




Agradecimientos: el autor agradece a sus amigos del Facebook por una útil discusión que llevó al invento aquí descrito.

*Mus musculus: especie de ratón. Aunque a decir verdad en la China también son muy apetecidos el Mus mayori, el Mus vulcani, y todos los demás roedores miomorfos de la familia Muridae, los de otras familias, y en general todo lo que se mueve (y lo que no se mueve también).



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