sábado, 21 de agosto de 2010

Nuestra influencia en la sociedad

Edwin Francisco Herrera Paz. Dime con quién andas y te diré quién eres…  Este dicho lo hemos oído todos desde muy temprana edad, pero a decir verdad, la mayoría lo tomamos a la ligera. Aun mayores, se nos hace difícil pensar que los grupos con los que nos relacionamos puedan tener una influencia significativa sobre nuestras actitudes, opiniones, deseos o necesidades. La palabra clave aquí es “influencia.” ¿Qué tanto influye el comportamiento de un ser humano en el comportamiento de otro?
El tema adquiere una importancia capital en diversos campos del conocimiento. En psicología y psiquiatría se estudian la transferencia y la contratransferencia, refiriéndose a la transmisión de vivencias infantiles del paciente al analista y viceversa. En el campo de la psicología social, hablamos de conformismo cuando la conducta de un individuo se acomoda a la del grupo, es decir, la influencia del consenso sobre el individuo. En los campos de la política, la religión, las artes, y en general cualquier ocupación del ser humano, en ocasiones vemos el fenómeno contrario: un individuo influenciando con sus opiniones y actitudes al grupo, y decimos que esa persona es poseedora de un gran carisma.
La influencia toma aun más importancia cuando nos damos cuenta de que los sistemas sociales se forman de relaciones de diferente índole. Es obvio que la influencia de una persona puede cambiar al mundo, ya sea para bien o para mal. Nuestro Señor Jesús cambión el mundo, y continúa influyendo sobre él 2000 años más tarde a partir de la influencia que ejerció sobre un puñado de hombres que posteriormente difundieron su mensaje a todo lo ancho y largo del globo terráqueo. De igual manera, Adolf Hitler influyó sobre el pueblo alemán desencadenando la segunda guerra mundial y el llamado holocausto judío.
Pero, ¿y el resto de nosotros, hombres y mujeres comunes? ¿Tendremos alguna influencia sobre el devenir de la sociedad como para hacer una diferencia? Pues al parecer, todos tenemos más influencia de lo que pensamos. Todos formamos parte de una red social dinámica, influida por el comportamiento de cada uno de los miembros. Somos parte de una red social “viva.”
Nicholas Christakis es un médico, sociólogo e investigador griego-americano cuyo campo de investigación resultó extraño en un principio para la comunidad científica. Mientras otros estudian la influencia de las relaciones mediante las interacciones sociales individuales, El Dr. Christakis estudia la red de relaciones sociales como un todo y la manera en la que las emociones y las conductas tienen influencia y se diseminan en esta red. Los hallazgos de Christakis han sido sorprendentes. No solo las emociones se contagian en la red social, sino los hábitos y hasta la obesidad.
Cuando se analiza la red atreves del tiempo, uno se da cuenta de la complejidad dinámica que tiene lugar en ella. “En esta red, la gente muere, pero no muere”, dice el Dr. Christakis sobre la influencia de las personas aun después de muertas. “Me di cuenta de que esta cosa, esta red, en realidad está viva,” dice a continuación en su disertación para TED, algo con lo que usted ya estará familiarizado si le ha dado seguimiento a mi teoría de la evolución hacia la complejidad.
Pues bien, ya usted lo sabe. Las emociones, hábitos y conductas son contagiosas y se propagan en la red en el tiempo. La ayuda que le preste hoy a alguien necesitado, ese espíritu de benevolencia, se puede contagiar y amplificarse en la red, de tal manera que es más probable que alguien mañana ayude a un familiar suyo en necesidad. Su comportamiento, sus actitudes y lo que usted hace tiene más influencia de la que usted cree. Ahora lo dejo con el Dr. Christakis para que le explique mejor sus estudios con las redes sociales. No olvide activar los subtítulos en español. 

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jueves, 19 de agosto de 2010

La enfermedad de la pobreza

La pobreza en nuestros países es alimentada por múltiples factores que a la vez se retroalimentan entre sí.

Edwin Francisco herrera Paz ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué le cuesta tanto a nuestros países tercermundistas salir del atraso en el que se encuentran sumidos? En estos países la infraestructura deficiente, la falta de mano de obra especializada, paupérrimos servicios de salud pública y una pobre educación básica formal son la norma. ¿Por qué no logramos un desarrollo como el de los países industrializados a pesar de las grandes cantidades de capital que se nos inyecta a manera de préstamos cada año? ¿Es el asunto un problema de riqueza o de pobreza? ¿O es mucho más complejo que eso?
Es posible que usted lo haya intuido. El asunto es complejo, y como la sociedad es un sistema complejo compuesto de muchísimos subsistemas debemos abordar el análisis del subdesarrollo desde esta perspectiva. Un sistema complejo tiene, en general, mecanismos de regulación de tipo estabilizador que lo hacen resistirse al cambio. Los sistemas económicos se autorregulan (en parte), por ejemplo, mediante leyes como la de la oferta y la demanda. Le daré un ejemplo del dominio médico y luego abordaré el problema de la pobreza desde el punto de vista multisistémico, llamándolo “enfermedad de la pobreza”.
Las funciones del cuerpo humano se autorregulan
Tomemos como ejemplo la presión arterial. Para poder gozar de buena salud debemos mantener una presión arterial estable, que en promedio es de 120/80. Presiones sostenidas por arriba de estos valores causan daño al corazón y a los vasos sanguíneos. Para que la presión se pueda mantener dentro de ciertos límites saludables se hace indispensable la integridad de muchos factores que evitan desviaciones substanciales de la normalidad. Supongamos, a modo de ejemplo, que ingerimos una gran cantidad de agua. El exceso de líquido hará que la presión aumente. Sin embargo inmediatamente comienzan los mecanismos de regulación a actuar para ajustarla. En este ajuste entran en juego los sistemas endócrino, cardiovascular, nervioso y renal. Se necesita de la integridad y del correcto funcionamiento de cada uno para regularla.
¿Qué sucede cuando falla uno de estos sistemas? Se produce la hipertensión, que inicialmente no causará mucho daño. Si no es tratada a tiempo la hipertensión comenzará a dañar los mismos sistemas que la regulan entrando en un círculo de retroalimentación positiva, o círculo vicioso, en el que un daño inicial ocasiona cada vez más daño. Por ello, a medida que avanza el tiempo será cada vez más difícil tratar la hipertensión debido a que el daño se ha extendido a varios sistemas, y el médico se ve en la necesidad de recurrir a terapias con múltiples medicamentos.
La pobreza como enfermedad pasajera o como mal multisistémico
¿Qué sucede cuando un país desarrollado cae en un período de recesión? Inmediatamente entran en acción los mecanismos de autorregulación y la economía del país se recupera en unos cuantos años. Una sociedad de este tipo, con sistemas sanos, caerá en la pobreza solo temporalmente. La medicina proporcionada a tiempo en forma de inyección de capital y medidas de austeridad pronto brinda los resultados esperados. Aquí, la pobreza es un mal pasajero.
Muy diferente es el caso de los países subdesarrollados en los que la pobreza es un mal multisistémico. En este caso la medicina aplicada en el país desarrollado (inyección de capital y medidas de austeridad) no mejorará la economía, e incluso pueden agravarla alentando la dependencia y la corrupción. Y esto último es lo que ha venido haciendo el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en los países subdesarrollados, ubicados principalmente en África y América.
Una adecuada solución al problema de la pobreza en nuestros países debe ser atacada de forma multisistémica, instaurando estrategias en cada una de las áreas problemáticas. Y algo muy importante: todas las estrategias se deben implementar SIMULTÁNEAMENTE. Continuando con la comparación médica, si usted es un paciente hipertenso que debe tomar dos medicamentos, uno para disminuir la fuerza de bombeo del corazón y otro para disminuir el volumen de líquidos, usted deberá tomar ambos a la vez. No funciona si usted toma uno una semana y el otro la siguiente.
La inyección de capital no funcionará si el capital se disemina en el mantenimiento de un enorme engranaje burocrático y en la corrupción, que favorecerá únicamente a una pequeña fracción de la población compuesta por funcionarios públicos y algunos empresarios. Mientras tanto las medidas de austeridad y el aumento en los impuestos sí perjudicarán a la gran masa laboral y a las clases medias, aumentando la brecha entre los ricos y los pobres.
Ahora supongamos que implementamos medidas para combatir la corrupción, pero la educación pública sigue siendo deficiente. La fracción de la población con una pobre educación no podrá competir en las mismas condiciones que los que reciben una educación adecuada en el ruedo laboral, aumentado la brecha entre ricos y pobres. Esto trae como consecuencia las masivas migraciones hacia el norte con la consiguiente desintegración de las familias, delincuencia y –aquí entra un factor de retroalimentación- más corrupción. Por lo tanto, si queremos que las medidas en contra de la corrupción funcionen debemos atacar también el problema de la educación.
Todos los factores que contribuyen al subdesarrollo –corrupción privada, pública y jurídica, delincuencia y crimen organizado, desintegración familiar, enorme brecha entre ricos y pobres, educación básica deficiente, ausencia de adecuados servicios de salud, impunidad, falta de puestos de trabajo, baja inversión de capital interno y extranjero, etc.- se retroalimentan unos a otros haciendo de la pobreza una enfermedad multisistémica difícil de tratar que exige un abordaje multisistémico.
En resumen, la pobreza de nuestros países es una enfermedad multisitémica, la “enfermedad de la pobreza.” Saludos. 
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El problema de la despenalización






Edwin Francisco Herrera Paz. Me he dado cuenta de que algunos personajes de renombre, como el ex presidente mexicano Vicente Fox, están de acuerdo con una forma de lucha alternativa contra el problema de las drogas. La propuesta es la despenalización, no solo del consumo sino también de la producción y la comercialización.
La lucha frontal contra el narcotráfico todos estos años no ha hecho más que aumentar el problema. Pero no es solo el aumento del consumo. Los gobiernos, principalmente Estados Unidos, han invertido cuantiosas sumas de dinero en esta vana lucha, y los países latinoamericanos involucrados han visto como la seguridad y las garantías civiles se convierten en conceptos puramente teóricos. En palabras sencillas, en nuestros países la vida no vale nada.
Estados Unidos está en contra de la despenalización, ya sea por miopía (la experiencia revela que los grandes problemas actuales se resuelven con inteligencia y no con el uso de la fuerza, pero nuestro gran hermano continúa apostando obstinadamente por la fuerza) o por la necesidad de justificar los monumentales presupuestos asignados a la “narco lucha”, que representan además un modus vivendi para los que los manejan. Sin embargo después de todo, somos los países latinoamericanos los más afectados. Somos nosotros los que deberíamos exigirle al gran país del norte que controle su consumo interno pues el precio en sangre que pagamos los latinos por la adicción de sus ciudadanos es enorme. Y somos los latinos los llamados a proponer soluciones viables.
La estrategia es sencilla y la propuse en este blog en un post publicado en enero de este año. Al despenalizar la producción y la comercialización, estas actividades quedan a disposición de los estados para ser gravadas. El dinero generado con los impuestos se depositaría en un fondo destinado a una verdadera lucha contra las drogas, utilizando la concientización y la educación a los ciudadanos sobre el uso y el abuso de estupefacientes,  y por ende atacando el núcleo del problema: el consumo. La lucha antidrogas se realizaría de la misma manera en la que se ha venido realizando la lucha contra el tabaco cuyo mercado ha sufrido una substancial reducción en comparación a hace dos décadas.
La principal ganancia colateral de la implementación de esta estrategia, es que de la noche a la mañana se desmantelarían los inmensos ejércitos constituidos por sicarios, pertenecientes a las narco organizaciones, destinados a resguardar el negocio ilícito. No más crímenes por drogas. La paz vendría a nuestras naciones. ¿O no es así?
Nuestros países centroamericanos fueron víctimas del conflicto entre las dos superpotencias en la época de la guerra fría, destinado a determinar la supremacía de sus respectivas ideologías en nuestro continente. El mencionado conflicto formó una gran cantidad de efectivos que se incorporaron a las guerrillas en el transcurso de muchos años. Con los tratados de paz firmados en la década de los noventa entre los gobiernos de El Salvador y Guatemala con los grupos beligerantes, nació un nuevo problema. Súbitamente un enorme contingente de combatientes, personas que crecieron con el fusil AK-47 al hombro y que no conocían otra ocupación más que las técnicas de la guerra de guerrillas, se vio desempleado. El resultado lógico y natural fue un aumento drástico de la violencia y el crimen, que no solo afectó a estos dos países sino a su vecino fronterizo, Honduras, otrora un oasis de paz.
El crimen común se convirtió paulatinamente en un enorme sistema de crimen organizado con múltiples tentáculos que van desde la narcoactividad, el robo de vehículos y el secuestro, entre otros, y cuyas acciones criminales no tienen precedentes en nuestras naciones centroamericanas. Este sistema es alimentado por la pobreza, la falta de nichos laborales y la desintegración familiar que propicia la formación de las llamadas “maras.”
Volvemos a nuestro análisis de la despenalización de la droga haciendo énfasis en que, una vez instaurado un sistema este se vuelve estable y muy difícil de erradicar (en la siguiente entrada explicaré la estabilidad de los sistemas). Por lo tanto, podemos terminar con el ejército de sicarios que ya no tendrá ninguna razón para existir. Pero aun tendremos las relaciones entre grupos violentos, las armas, y una gran cantidad de sicarios desempleados que la única cosa que saben hacer es matar, es decir, un sistema criminal. Naturalmente este sistema buscará nuevos nichos de operaciones y se incorporará a otras actividades delincuenciales elevando la tasa de criminalidad en lugar de disminuirla.
De madurar la idea de la despenalización este factor se deberá analizar muy seriamente. Los gobiernos de los países productores, puentes y comercializadores de la droga deberán actuar en consenso para implementar estrategias destinadas a absorber, o al menos amortiguar, el problema de los violentos desocupados en una ecuación del tipo ganar-ganar. Pongámonos a pensar. 
A continuación le muestro un vídeo en el que Misha Glenny explica la manera en la que 14,000 expertos en matar quedaron de pronto sin empleo con la caída del comunismo en Rusia, agravando el problema del crimen organizado en el mundo. No se olvide de activar los subtítulos en español.







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