viernes, 1 de julio de 2011

LA MARATHON Y LA JUSTICIA

JOSÉ MARÍA CASTILLO HIDALGO. Parecía extraño que se levantara al rayar el alba aquel domingo. Sujetó en su camiseta unos rótulos numerados con unos imperdibles amarillos. Ajustó al cordón de una de sus zapatillas de correr un chip con una cubierta plástica, tomó algo de agua y por último se puso los lentes oscuros y se trasladó al punto de partida, donde había un ambiente festivo con locutores, personalidades y los competidores mostrando buen ánimo.

La carrera arrancó después de la hora programada y a paso lento por el tumulto. Al avanzar unos cientos de metros y cuando ya entraba en calor, su mente acondicionada para ello empezó a divagarse y entretenerse con ideas y recuerdos. A propósito de la ciudad en que estaba, que ya no era la suya y en relación a algunas confesiones que había leído, unas ideas y unos recuerdos lo llevaron a otros, y así revivió unos incidentes y unas situaciones que iban desmadejándose mientras corría como un autómata.

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Recordó algunas cosas que le atormentaron en la parte baja del partido de su vida, que le hicieron deambular, rebelarse, desentonar, desgañitarse, asimismo leer sin descanso buscando la piedra roseta de los conflictos morales, rumiar en círculos inacabables, gritar, refunfuñar, y hasta atentar contra su propia integridad, de a sorbos a veces y de a tucún también.

La cuestión planteada, y vea usted lo que son las cosas, era platónica, es decir que lo que le llegó a agobiar no era vinculante, pero los revoltijos fueron lo suficientemente nocivos como para complicarle la existencia  sistemática y recidivantemente, en aquel pueblo cálido, rodeado de platanales que el miraba sencillo, en el que creció en el seno de una familia sencilla, conservadora y católica, en un país sencillo inmerso en una selva de tigres y perros cobardes, en un planeta sencillo envuelto en una guerra fría que podía aniquilar a todos en pocos segundos, en un sistema de planetas variopintos girando alrededor de un astro brillante, y a fin de cuentas, en una galaxia esponjosa, espiral y sencilla.

El planteamiento de su problema conforme a sus medianas luces iba así: ¿Porqué hay niños que nacen enfermos? ¿Porqué hay ricos y pobres? ¿Inteligentes y tontos, malos y buenos? ¿Por qué estos últimos mueren primero? Y así por el estilo, es decir, las mismas cosas que a todos nos acosan alguna vez y que son contestadas mal que bien y que conforme pasa el tiempo las abandonamos o quedan refundidas en las marismas de los recuerdos, los cuales no volvemos a abordar, por la alergia que nos provocan.

Pero al pasar los años, él no había podido dilucidar aquellas cuestiones, y habían quedado por allí rebotando, incontestadas, reprimidas, y se seguían manifestando en él, en forma de un escozor equiparable al del guerrillero revolucionario... nada más que el subversivo vuelve su vista a la injusticia social, a la burguesía, al proletariado, al imperio, a los explotados, a los marginados, a los oprimidos...y empuña el rifle y sube a la montaña... mientras que él se volcaba a su universo interno, amplio, multiforme, estratificado, solidificado, entumecido, egocéntrico, ensimismado y pajizo, en el que si las cosas no eran justas, alguien tenía que tener la culpa...mas él no hacía nada... era un vengador justiciero en huelga.

Siguió pensando en las semejanzas y disparidades entre estas dos actitudes... el insurrecto sincero defiende sus ideales, y en primera instancia, da el ejemplo, con su propia lucha enconada, su abnegación, su servicio, su entrega, la identificación total con la causa y de ser preciso, su disponibilidad al martirio... en cambio las luchas y protestas que él había hecho eran más bien sordas, viajando como fantasmas por los confines de su cerebro y con un ser colosal añadido, implantado y creado por él mismo y que le era totalmente incontrolable.

Evocó que pasado un buen tiempo y más por frustraciones que por desesperanzas, por un amor iluso fallido o por su personalidad obsesiva, o bien por la conjugación de todas estas circunstancias, volvió a replantearse el mismo cuadro con las mismas preguntas, pero provisto  con algo más de kilometraje y con el lomo más curtido.

Abstraído enfocando esos asuntos estaba cuando de pronto se vio a sí mismo en una fiesta bailable, donde contingencialmente se produjo un intercambio con una linda chica que estaba en vías de emborracharse y que probablemente lo único que quería originalmente era bailar. Ella hablaba un poco enredado y pronunciaba mal, aunque se miraba todavía entera y muy bien delineada bajo el vestido de noche. Él evocó cómo después de la conversación que mantuvo esa noche con ella, de súbito, muchas respuestas estuvieron allí para él, en orden estrictamente jerárquico, armoniosas, con sentido sobrado, melodiosas y perfumadas como una bella debutante que desfila y danza el vals en su fiesta soñada sintiendo el amor de sus padres y la admiración de lo más granado de la sociedad. Él le exigió firmemente en ese momento a su cada vez mas renca memoria, recuperar las palabras precisas que aquella chica le dijo hace tantos años.
 
“Te ves ausente, como que estuvieras en otro sitio,” le dijo ella. Fue raro que él de entrada se sincerara sin temor al ridículo: “No lo vas a creer, estoy tratando de figurarme si las cosas tal como suceden son justas o no.”

Ella se rió de buena gana y a continuación, después de algunos preámbulos inconexos al tema, le dijo: “El problema en cuanto a eso es que uno NO logra ver la verdadera realidad, porque se distorsiona con la manera en que uno quisiera que fuera, así que la proposición correcta en la vida es saber aceptar las condiciones de la existencia tal como son, en lo cual ayudaría grandemente olvidar lo que queremos o lo que nos gustaría y tratar de disfrutar el momento mientras podamos. Las cosas NO son justas. Las cosas son o no son y es un verdadero problema querer ver la justicia afuera de nuestra cabeza cuando no existe.”

Entonces la chica hizo una breve pausa para respirar y seguir: “El problema es hablar demasiado sobre el silencio, el problema es el miedo que se derrite en nuestros brazos cuando en verdad no es tanto lo que tenemos que perder y toda valoración es subjetiva a menos que usemos un referente que la haga objetiva. El problema está en los sentimientos  cuando están sin control o cuando los sentimientos negativos malbaratan a los positivos. El problema está en que nos queremos y no sabemos cómo amarnos, como el amante que pierde a quien es objeto de su amor porque le persigue y le arrincona en vez de dejar de mostrarle importancia en cierta medida, como estrategia para que así permanezca con él para siempre... sin control emotivo, el alma está asustada y bajo ataque de sitio, y la luz o una salida no se ve ni por los contornos, no porque no exista, sino que las vendas morales te ciegan y amarran el alma y esta no puede liberarse o siquiera desbordarse por los ojos por más que no quepa en el cuerpo, porque las glándulas lacrimales están ripiadas y las fibras del ser anquilosadas. Tu alma está entonces así, apachurrada, temerosa y esquiva. Las cosas NO son justas o injustas, simplemente son,” insistió o recapituló o quiso hacer un énfasis al cual en aquel momento no se le veía justificación alguna.

“Pero, entendeme bien,” continuó. “Hay una gran diferencia a quedarse sentado en un mullido sofá, fumando un habano enrollado en Cuba y con la otra mano escanciar en un cristal de Baccarat un licor de las altiplanicies escocesas, mientras afuera los alaridos pululan en las calles, hurgan basureros y pernoctan en las cunetas, no es ese el chiste, ser displicente, indolente, indiferente, vos sí tenés que saber hacer valoraciones, estén o no estén regulando afuera. Vos fácilmente me  podrías decir: Ni esto ni aquello me inmuta, puesto que NO hay justicia, nunca la habido y nunca la habrá, las cosas son como los árboles que según la temporada se deshojan o reverdecen o como las ranas que desfallecen una mañana irremediablemente estúpida. Y todo es culpa ajena. Para empezar, ¿quien dijo que en este mundo cosa alguna tenía que tener sentido? ¿Que las cosas iban a ser celestes o rosa y que todo iba estar encajándose en una balanza? Y creéme, todas las personas son problemáticas y complejas, desde el más humilde hasta el más idiota es complejo, compleja es la horda en la casa, la gen en la calle, la raza en la patria, el género en el globo y los dioses en sus retablos, pero vos por pereza mental querés verlas sencillas, peinarlas con un rasero y meterlas en copas medidoras para hacerlas malteada y que bailen en una batidora al son de tu compás y así zafarte de discernir.”

A él le pareció que la chica estaba alterándose afectada por la bebida, lo cual en lo particular no le importaba ni le veía el por qué, pero de manera instintiva trató de apaciguarla siguiéndole la corriente: “Bueno, ya desde esa perspectiva la cosa cambia. Si partimos de que las cosas no son justas ni tienen por qué serlo, entonces yo no tengo derecho a reclamar ni exigir nada y todo lo que logre o haya logrado es un excedente o ganancia puesto que nada tiene porque ser de mi agrado o gustarme en este mundo. A lo más que puedo aspirar es, si acaso hay alguna voluntad superior por fuera de mi existencia, a un poco de compasión.”

“¿Y a que se parece la compasión?” Preguntó ella.

“Bueno, en aquellos libritos de mi infancia, se parece al pichón que ha caído del nido y con suavidad lo levanto, me trepo al árbol y lo coloco en su nido y ni el pajarito me paga el servicio que le hice, ni nadie me ve, lo hago porque me da la gana...o se parece al corazón que se estruja cuando mi bebé llora de hambre y el cielo se resquebraja si me pongo a pensar que NO tuviera ni mamá ni papá...

“¿Y ese sentimiento donde está? ¿Dentro de ti?” Preguntó ella.

“Si, me parece obvio,” respondió él.

“Entonces si lo tienes dentro, no necesitas más, ya está dentro de ti, tu eres tu propia respuesta,” objetó ella.

Él se sintió expuesto y a la defensiva y replicó: “Es que yo me desvelo y luego me levanto temprano a batallar y me preocupo y me sulfuro, hago lo que tengo que hacer y las cosas no resultan, las meninges de mi cerebro se parecen a las calles de los barrios más pobres de mi pueblo, mi corazón quiere que se le retribuya por lo que hace, está en trocitos y quiere un poco de justicia.”

Ella le quedó viendo con los ojos entreabiertos o más bien entrecerrados... En ese momento él pensó cuantas veces había fracasado por no saber hacer bien las cosas puesto que si no resultan es porque no están bien hechas y para nada importa la intención que le mueve ni valen un cacahuate las excusas, así que corrigió: “Bueno... digo...NO... no quiero nada. Así está bien todo y todo está perfecto, con tal que respire y pueda darle la mano a unos pocos, y luchar y respirar... en verdad no necesito justicia, no la quiero, sobra... que puedo pedir? El cielo se agrieta, los plantíos se secan, los frutos enfermos caen al suelo... (Los abortivos se venden como churros en los bazares, los cadáveres aparecen por docenas mosqueados en los quineles y las viudas caen de rodillas en los empedrados... bien podría agregar hoy en día)... no quiero nada porque nada me hace falta y estoy agradecido.... y ya entiendo... de todo lo que NO me gusta, la culpa es mía. ¡Es mi falsa perspectiva!”
 
Y al final agregó: “Sin embargo, veo las víboras arrastrándose y huelo el miedo y veo la furia.”

Un nudo como una pelota de softball que vino de un batazo que pegó algún mamut lanudo, se atoró en su garganta lo cual le obligó a levantarse y a extenderle la mano, en señal de despedida. Pero para sus adentros se preguntó: “¿Por qué dije eso?”

“Agarrate fuerte,” le dijo ella.

“¿Como así?” Balbuceó él.

“Digo por si piensas seguir esta conversación a un nivel más alto,” aclaró ella.

Salió y se paró en el portal del edificio con las manos en la cintura. Desde allí vio la estatua pedestre del prócer, con arreglos florales y las farolas amarillas del alumbrado público perfilándola, y las luces de los autos que transcurrían irreverentes. En el bulevar el aire estaba húmedo y fresco por lo avanzado de la noche y en el cielo las estrellas maquilladas de azul parecía que iban a desgajarse...

*********

De repente una algarabía y el rugido de un motor lo arrastraron del abismo de los recuerdos a la realidad de la carrera. Al voltear vio que venía una motocicleta que iba abriendo paso al correcaminos keniano, quien había comenzado minutos más tarde la carrera, y quien pasó fugaz a su lado con saltos gigantes, gráciles y rápidos cual gacela.

“Vaya, sí que nació para correr,” pensó. “Debo apresurar el paso, no vaya ser que me dobletée”.

El lunes ya en casa, por recomendación de un amigo que se reía en el teléfono, chequeó los tiempos oficiales que se habían publicado en La Prensa en base a los registros electrónicos tomados en varios puntos de control a lo largo del trayecto de la carrera y en la meta. Allí pudo comprobar que según el registro oficial había llegado a la meta diez minutos después que su amigo, no obstante que, en realidad, había cruzado la meta mucho antes que aquel.

“¡Diantres!” exclamó.

La Ceiba, Junio 28, 2011.

JOSÉ MARÍA CASTILLO HIDALGO

7 comentarios:

  1. Explicación necesaria: Como el corredor vivia fuera de la ciudad le encargó al amigo que lo inscribiera, el amigo sabiendo que no estaba muy bien preparado, cambió de sobre los chips...Ja

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  2. Si pues, a mucha honra, no fui el primero pero tampoco el último.

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  3. Jajajaja, yo creo que cuando yo estaba haciendo el alto en la única calle por donde se podía pasar en el boulevard Morazan, usted cruzaba en ese momento. Mientras yo despotricaba contra esos corredores inconcientes que lo obstruyen a uno cuando tiene prisa, usted corría enajenado pensando en la muchacha de fiesta.

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  4. Hey lo esperamos el proximo año, para que nos ayude a bloquear el tráfico y quizas en el trayecto pueda urdir su plan maestro para conquistar el mundo...!

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  5. Entonces el próximo año corremos, fijo. Tal vez no nos mandan al keniano y tenemos más chance.

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  6. ja, ok copiado, para prepararse le recomiendo el libro "Correr para vivir mejor", si no lo puede hallar me avisa. Slds.

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