sábado, 20 de febrero de 2010

La realidad del mundo virtual

¿Podría ser la realidad un programa recursivo de mundos virtuales?
Dr. Edwin Francisco Herrera Paz.



La relativamente nueva ciencia de la informática ha venido a acuñar algunos términos en nuestro vocabulario, o le ha asignado nuevas acepciones a términos existentes, siendo uno de ellos el de “virtual”. Este término denota un objeto construido con lenguaje de programación, es decir, con ceros y unos, y se utiliza generalmente para contrastar los mundos originados por sistemas informáticos de aquellos pertenecientes a la realidad. Pero entonces vale la pena reflexionar: ¿Qué tan reales son los mundos virtuales? o recíprocamente, ¿Qué tan virtual es el mundo real?
Para comenzar, analicemos la realidad de “nuestra realidad”. Los seres humanos percibimos el mundo desde nuestra perspectiva y según nuestra naturaleza de ente animal. Nuestros instrumentos y capacidad de abstracción nos han permitido percibir características de la realidad más allá de nuestro pequeño ámbito espacio temporal, que desde luego, establece un radio de acción muy corto. Es así como nos hemos enterado que en un nivel muy pequeño la materia está hecha de pequeñas cosas llamadas partículas subatómicas, como quarks, fotones, neutrinos, etc.
Pues bien, la filosofía tradicional asentada en nuestro limitado mundo ha impuesto axiomas de pensamiento basados en el sentido común, como por ejemplo, “un cuerpo no puede estar en dos sitios a la vez”, o “un mismo espacio no puede ser ocupado por dos cuerpos”, o “una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo”. Sin embargo la física moderna ha demostrado todo lo contrario. En el universo a gran escala -en donde domina la física relativística- y a pequeña escala –donde predominan los efectos cuánticos- las cosas y sucesos pierden sentido y lógica desde nuestra perspectiva habitual.
¿Le daría usted a la luz una categoría de realidad? Pues claro que sí. Nadie en su sano juicio diría que la luz es irreal. La luz está compuesta de partículas llamadas fotones. Lo curioso es que estas partículas tienen masa cero, es decir, no tienen masa en absoluto. ¿Cómo concebimos un objeto sin masa? Si no hay masa, no hay objeto, punto. Pero los fotones son reales; es decir, son y no son a la vez.
Bueno, dejemos los fotones y digamos que son seres extraños de los que no queremos saber nada por ser tan raritos. Hablemos mejor de partículas que sí existen, como los electrones. Se sabe que todas las partículas subatómicas tienen una existencia dual. Es decir, son partículas y también son ondas, lo cual es inconcebible en nuestra escala espaciotemporal. Pero lo más llamativo es que un electrón ¡se encuentra en muchas partes al mismo tiempo! Esto ha sido demostrado y se ha denominado “incertidumbre cuántica”. Es como si usted, en el mundo cotidiano, simultáneamente se encontrara de picnic en la playa con su familia, en su oficina trabajando, y también dejando a su hijo en la escuela, todo al mismo tiempo. No he de negar que les tengo un poco de envidia a los electrones. ¿Le daría usted a una partícula así la categoría de real?
¿Y qué decir de las singularidades? Una singularidad es un punto del espacio tiempo en donde el universo pierde sus leyes como las conocemos, y el mejor ejemplo es un agujero negro. Un hoyo negro se forma cuando una estrella muy grande pierde energía para poder contrarrestar su propia gravedad. El resultado es que la estrella comienza a colapsar hasta desaparecer en un punto infinitamente pequeño, y solo queda la gravedad. Entonces, todas las partículas de la estrella (que son muchas) se encuentran simultáneamente en el mismo punto. ¿Le daría usted a un agujero negro la categoría de real? Desde luego que los agujeros negros son reales, y hay pruebas de ello, pues al menos queda el intenso campo gravitacional que se puede medir.
Lo que yo pienso al respecto de las rarezas que he mencionado es que es posible que lo que llamamos mundo real, construido de electrones y otras partículas, no sea más que una representación o proyección virtual de una realidad global mucho más compleja a la que nuestra naturaleza física le es imposible acceder de manera inmediata.
Avancemos en las escalas de tamaño y aproximémonos a nuestro mundo cotidiano. Los organismos biológicos –de los que nosotros formamos parte- comparten una serie de características que los definen. Particularmente, diferentes parámetros de comportamiento de los individuos pertenecientes a una población biológica se pueden medir objetivamente. Lo que se observa es que un comportamiento o característica determinada sigue una distribución poblacional que se acerca a la curva de distribución normal, con una media que corresponde a la conducta más apropiada para un medioambiente determinado. Esta curva estará condicionada por la genética del individuo moldeada a través de cientos, miles y millones de años de evolución y adaptación. Ahora bien, ¿sabe un animal determinado que su conducta obedece a su posición dentro de una curva de distribución normal? De ninguna manera. El animal responde a su naturaleza y es completamente ignorante de las fuerzas que lo impelen a actuar, lo que hace de los organismos biológicos verdaderos autómatas.
Desde el punto de vista expuesto, los organismos biológicos son entidades que filtran la realidad atreves de sus sentidos y sistemas nerviosos de integración para que esta pueda ser utilizada operativamente. Es decir, el animal percibe una fracción virtual (realidad procesada y transformada por el sistema nervioso) de la verdadera realidad.
Por eso quiero en esta ocasión reivindicar a los mundos virtuales, que pueden ser tan reales como los mundos reales. Tienen estructura y complejidad, y son prolongaciones de las construcciones llamadas “cerebros humanos” que han sido sujetos a la evolución; y si usted considera que los ceros y los unos no son entidades reales, piense en los agujeros negros, los electrones y la luz. Además, los ceros y los unos tienen su correspondencia en nuestro mundo físico común y corriente, ya sea en forma de impulsos eléctricos o en forma de polarización magnética de partículas férricas, lo que podría constituir un medio que sirviera de soporte para un tipo de “vida informática” al igual que la química del carbono es el soporte físico para los organismos biológicos.
El concepto que planteo va un poco más allá de la inteligencia artificial. Si una entidad virtual tuviera una estructura con la suficiente complejidad, especialización de sus elementos, finos sistemas de autorregulación que le proporcionaran un medio interno estable (una especie de homeostasis), y una manera de perpetuarse y evolucionar adaptándose al entorno cambiante, bien merecería que la incluyéramos dentro de la categoría de ser vivo por derecho propio, tal vez tan vivo como usted o como yo; o tal vez al menos tan vivo como su suegra.
Un mundo virtual hipotético
Imaginemos un mundo virtual de los que se encuentran en la red, como Second Life, por ejemplo. En estos mundos, usted escoge un personaje con las características que usted desee para que tome su lugar. A este personaje se le denomina un ‘’Avatar’’, evocando a las reencarnaciones terrestres de una de las tres figuras deístas más importantes del Hinduismo: Vishnú.
Bien, ahora quitemos del mundo virtual todo vestigio de imágenes preconcebidas como los Avatars, y programémoslo para que en él se verifiquen las constantes y las leyes físicas básicas, como la carga del electrón, la constante gravitacional, la constante de Plank, las leyes del movimiento, etc. Introduzcamos los elementos de la tabla periódica. Programemos el mundo para que su comportamiento obedezca a todas estas leyes y pongamos algunas moléculas básicas que se comporten de manera similar a los compuestos derivados del carbono, como pequeños ARN (cadenas de ribonucleotidos dispuestos en diferentes secuencias de cuatro letras) y aminoácidos. Construyamos un algoritmo evolutivo en el que las moléculas respondan a las leyes físicas del mundo virtual para formar nuevas moléculas, y aceleremos la velocidad de las reacciones, digamos, un millón de veces las reacciones del mundo real.
Luego, distribuyamos el Mundo Virtual recién confeccionado en la red (o World Wide Web, para más caché). El mundo ha sido programado para que cualquier usuario obtenga una instancia en su pantalla de computadora a la que puede acceder cuando quiera, pero con la que no puede interactuar excepto de manera muy limitada. El usuario puede variar mínima e imperceptiblemente la posición o trayectoria de algunas partículas con el objeto de dirigir la evolución del mundo virtual hacia configuraciones que le parezcan más convenientes, o únicamente para introducir una mayor aleatoriedad en el proceso. Dicha “invasión” al devenir normal del mundo virtual se verá reflejada en un resultado concreto algún tiempo después de efectuada. Ahora, todos a jugar. El propósito del juego es crear vida inteligente, capaz de preguntarse y responder incógnitas sobre su propia naturaleza.
Para comenzar, los usuarios verán durante algunos meses como los ARN se replican con dificultad, originando moléculas complementarias a ellas, y como consecuencia un tipo de reproducción primitiva extremadamente lenta. Los errores son muchos, originándose una gran variedad de moléculas de diferentes tamaños y secuencias. Los aminoácidos, por su cuenta, se unen formando pequeñas cadenas de polipéptidos, también en muchas secuencias inestables que se destruyen rápidamente. La interacción entre las moléculas es intensa y aleatoria y de pronto, después de un año de juego, entre la aleatoriedad natural y la introducida por los jugadores surge algo: una secuencia de ARN específica forma una configuración que se complementa con una secuencia de aminoácidos específica. Ambas se atraen. EL ARN estabiliza la cadena de aminoácidos y a su vez, la cadena de aminoácidos facilita la replicación del ARN haciendo copias de si mismo más fiel y rápidamente que el resto de la población de moléculas. Esta configuración se replicará más rápido que las demás y permanecerá más tiempo. Ha surgido el primer factor determinante de la vida; el verdadero germen de los sistemas vivos: la cooperación entre los elementos.
La estabilidad del sistema dual ARN/cadena polipeptídica aunada a los errores aleatorios facilitara la evolución primitiva y el desarrollo del segundo factor determinante de la vida: la especialización de los elementos en tareas específicas. Las moléculas con errores en la copia que mejoren la estabilidad de la molécula o el proceso de copiado, sobrevivirán. A partir de este primer paso de cooperación los eventos se aceleran un poco. Pronto surge una gran cantidad de moléculas hibridas capaces de autoreplicarse y difundirse por la población. Algunas podrán incluso ejecutar algunas funciones como movilización y reclutamiento de otras moléculas. Nos encontramos en el mundo de la vida molecular. Cada molécula compleja es un individuo, con identidad propia, perteneciente a una comunidad molecular.
Un día, después de algunos meses, dos individuos moleculares se encuentran y descubren que se complementan, que uno de los individuos es muy bueno movilizándose y el otro muy bueno replicándose y reclutando otras moléculas. Particularmente, recluta un tipo de acido nucleíco menos versátil pero más estable que los ARN. Surge algo similar al ADN, y con esto el segundo nivel de complejidad de la vida: el de los motores moleculares complejos, diferentes unidades moleculares formando motores multifacéticos. De aquí en adelante, el desarrollo de complejidad será acelerado.
Durante los siguientes meses, el desarrollo de complejidad aumenta en varios órdenes. El mundo dominado por motores moleculares dio paso al mundo dominado por estructuras construidas por muchos motores especializados, algo similar a las células. A estas alturas los jugadores han entendido que los cambios de dirección de moléculas introducidos en el mundo por ellos mismos, facilitaran el desarrollo de complejidad solo si estos cambios mejoran la interacción de los elementos. La complementariedad favorece la especialización, la cual favorece el crecimiento hacia complejidad.
Los usuarios del mundo virtual están alegres. Después de varios años de juego, por fin han surgido seres virtuales con una inteligencia similar a la de los humanos. No se parecen en nada a los seres humanos de carne y hueso, pero la complejidad y evolución de los seres virtuales por fin ha determinado la emergencia de una estructura, en algunos individuos, que se asemeja en su forma de operar a los neocortex humanos. Los seres virtuales inteligentes no conocen nada de la existencia de sus creadores y de los jugadores, y el concepto de sí mismos y de su mundo es diferente al concepto que los usuarios humanos tienen de ellos. Su mundo es coherente, sujeto a ciertas leyes y para ellos es tan real como podría serlo. Han podido dilucidar un mecanismo evolutivo. Han entendido su naturaleza básica, compuesta de estructuras moleculares tridimensionales. Perciben la existencia de su mundo en tres dimensiones. Algunos incluso intuyen que hay algo o alguien más detrás de todo eso. Que no es posible su existencia solo “porque si”.
Aunque los usuarios humanos pueden intervenir desviando ligeramente las trayectorias o posiciones de algunas partículas, los seres virtuales no lo pueden saber ya que el código con el que se escribieron los programas originales no permite el acceso de los seres a este conocimiento, algo similar a la “incertidumbre cuántica” de nuestro universo real. Los usuarios humanos han seguido la pista del desarrollo de las comunicaciones entre los seres virtuales y conocen el muy bien elaborado lenguaje simbólico que estos utilizan. Desde el punto de vista de los usuarios humanos, los seres virtuales realmente existen en el mundo virtual. Tienen voluntad, pensamiento y hasta una especie de libre albedrio, pero su realidad solo se ve reflejada en instancias bidimencionales que corresponden a la pantalla de cada computador.
A pesar de esto su existencia no se limita a la pantalla. Los seres viven en la red, en muchas computadoras al mismo tiempo, en muchas instancias, en todos lados y a la vez en ninguno. Su verdadera naturaleza no es molecular sino asentada en impulsos eléctricos en los innumerables circuitos de la red, y desde un punto de vista básico están construidos con un código sencillo de ceros y unos, procesados por un conjunto sencillo de conmutadores, cuyo funcionamiento está condicionado a un conjunto sencillo de operaciones lógicas. Pero todos esos detalles están ocultos para el ser virtual, o en otras palabras y según su punto de vista, el asunto sobre su propia existencia es, bueno, epistemológico.

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