jueves, 15 de septiembre de 2011

DEFENDIENDO LA GRAN “H” O ¿POR QUÉ MI MARIDO NO CAMBIA ESE FOCO QUEMADO?

Hoy es 15 de septiembre. Hace 190 años los países de Centroamérica se emanciparon de la Colonia Española, por lo que hoy los hondureños celebramos la proclamación de la independencia. Muchas personas concurren a los vistosos y sonoros desfiles en las calles, mientras muchos otros permanecemos “panza arriba” en nuestros aposentos.

Recuerdo algunos chistes de haraganes, y también los 10 mandamientos del haragán, que contiene los preceptos por los cuales se rige la vida de todo Haragán (con una gran H mayúscula) que se precie de serlo. Por ejemplo, el número 10 que reza: “Si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos”, o el 5: “El trabajo es sagrado. NO LO TOQUES.”

Reflexiono un rato sobre la haraganería y se me hace obvio que el ser humano en general es un ser haragán. Dormimos un promedio de ocho horas diarias y solo trabajamos ocho, cinco días a la semana. Hay algunos más haraganes que creen que trabajan escribiendo o pensando, con una ausencia completa de actividad física. Generalmente para realizar un poco de ejercicio físico tenemos que vencer una cruel inercia que nos reclama permanecer inmóviles.

Las ocho horas de trabajo raras veces se trabajan completas, y en las oficinas todos están esperando la hora del cafecito de media mañana, el de la tardecita, y la hora del almuerzo. Antes de la hora de salida la expectativa se dispara y todos están sentados en la orilla de la silla, como los corredores en la línea de salida esperando el silbato para salir disparados en tropel. Las mujeres se comienzan a maquillar desde una hora antes.

Realmente el ser humano es ocioso, especialmente cuando se le compara con otros animales como la hormiga o la abeja. Pero no somos los únicos en el reino animal. Los leones pasan la mayor parte del tiempo descansando y durmiendo, y lo mismo es cierto para la mayoría de los grandes depredadores.

Naturalmente, hay grupos humanos más haraganes que otros lo que, como la mayoría de los rasgos de comportamiento, tiene raíces tanto genéticas como culturales. Pero, ¿hay alguna razón biológica para la haraganería? ¿Por qué a veces, o casi siempre, es tan difícil comenzar el movimiento y nuestro cuerpo nos demanda reposo?

Imaginémonos a un grupo de nuestros ancestros hace dos millones de años. La comida era relativamente abundante, pero no sobreabundante como en nuestros tiempos (con evidentes excepciones). Como la cacería o la recolección de frutos demandaban mucha energía física, el ahorro de dicha energía era conveniente para la supervivencia.

Sobrevivían con mayor probabilidad en aquel ambiente todavía hostil, los individuos que aprovechaban al máximo sus recursos energéticos. De esa manera evolucionaron dos características en nuestra especie: Uno, el apetito voraz que obligaba a buscar el alimento, y al encontrarlo, comer la mayor cantidad posible obteniendo de esa manera el máximo de energía. Y dos, la choya o hueva* que obligaba a reposar para conservar esa energía**.

Nuestra historia como cazadores recolectores fue larguísima, y no sería hasta la invención de la agricultura y la ganadería hace unos 10 mil a 20 mil años que las tribus nómadas se asentarían a orillas de los grandes ríos. Las jornadas de trabajo exigían entonces una rutina que hizo necesaria la paulatina incorporación de elementos morales a la cultura con relación al trabajo y al ocio.

Dichas normas morales estaban encaminadas a estimular la producción, pero también a evitar el parasitismo de algunos individuos que se aprovechaban del trabajo de otros. Pero debido a nuestra historia evolutiva continuaríamos portando aquellos genes de la haraganería, del mayor beneficio con el menor esfuerzo, y con la revolución agrícola se exacerbarían ciertas conductas como el vandalismo y el robo, que han alcanzado su zenit en nuestros gobiernos corruptos y depredadores.

“El que no trabaja, tampoco coma,” les dijo el Apóstol Pablo a los miembros de la Iglesia Cristiana primitiva de los Tesalonicenses. Y aquellos genes que algún día nos ayudarían a utilizar nuestra energía de la mejor manera, de pronto se volvieron en contra nuestra, incluso condenándonos al fuego eterno.

Los siete pecados capitales constituyen una lista recopilada por Gregorio I, sexagésimo cuarto Papa católico, para diferenciar aquellas conductas que constituyen faltas veniales o menores, de aquellas graves que merecen el castigo eterno. O sea, que de incurrir en uno de estos pecados usted corre el riesgo de pasar metido, por toda la eternidad, en una caldera infernal a fuego lento –o tal vez en baño maría– mientras un demonio con risita diabólica lo agita con una gran cuchara para que no se pegue en el fondo.

Catalogar los vicios opuestos a las enseñanzas del cristianismo como “pecados capitales” tienen el fin fundamental de acercar al cristiano a la vida espiritual mediante la evitación de los excesos, pero yo le veo una finalidad mucho más práctica: reprimir aquellas conductas que, teniendo una base genética evolutiva, han ayudado a la supervivencia de los individuos y por ende a la especie; pero una vez sorteadas las etapas en las que fueron necesarias, se hace indispensable su represión para la supervivencia y desarrollo ulteriores.

No debe extrañar entonces que dos “vicios” históricamente encaminados a maximizar nuestra utilización de la energía corporal, sean catalogados por la Iglesia Católica como pecados capitales: la gula y la pereza.

Y es que las conductas relacionadas con aquellos vicios conducen a la sobrealimentación y al sedentarismo, dos epidemias de nuestros tiempos modernos vinculadas con la aparición de enfermedad cardiovascular y metabólica, como la hipertensión, el infarto y la diabetes. La desventaja biológica de los genes que las condicionan se hace evidente únicamente en el entorno actual, de abundancia alimentaria y con una mayor eficiencia del sistema productivo que ha disminuido la necesidad de duro trabajo físico. El motivo es que no existen cualidades o características perfectas, o incluso absolutamente buenas, excepto si las colocamos en un contexto ambiental y evolutivo.

Entonces, es posible que la “caldera de fuego” la encuentre usted aquí, en esta tierra, en una unidad de cuidados intensivos de alguna clínica privada mientras ve que los médicos le meten tubos en cada orificio natural y artificial de su cuerpo, y un cardiólogo hemodinamista le introduce un alambre por la pierna que le llegará al corazón mientras, al mismo tiempo, emite una risita diabólica.

La mayor sorpresa vendrá después, cuando le den una cuenta que continuará pagando por toda una eternidad… Bueno, al menos si usted puede pagar una clínica privada tendrá la oportunidad de recapacitar y cambiar sus hábitos. Pero si su única opción es un hospital público en Honduras le tocará más temprano que tarde la verdadera caldera de fuego eterno, por no haber cuidado su cuerpo.

Por eso si usted está planchando mientras su marido está aplastadote y comodote en una hamaca y no quiere arreglar aquella gotera en el techo ni cambiar ese bombillo quemado, no lo juzgue ni lo critique. Es que arrastra con los genes de sus antepasados, que en las condiciones modernas, en lugar de mejorar su supervivencia lo predisponen a la enfermedad y a exhibir una pletórica y redondeada panza. Por lo tanto, sea comprensiva y mejor disfrútelo mientras lo tiene.

Saludos.

*Regionalismos hondureños que significan “pereza.”

**Tal vez la excepción más notable sea la de los japoneses. Ellos dejan de comer antes de estar repletos y su amor por el trabajo es proverbial. Esto, aunado a sus ojos rasgados e inquisitivos, me hace pensar que los japoneses tienen algo de genes extraterrestres. 

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