viernes, 6 de mayo de 2011

Carta al Presidente Porfirio Lobo Sosa

Créditos: http://laprensa.hn

San Pedro Sula, 6 de mayo de 2011
Señor presidente de la República de Honduras
Porfirio Lobo Sosa

Estimado señor presidente:

Aprovecho la ocasión para renovarle mi atento saludo.

No quiero parecer pidiche o pedigüeño pero dada la situación me veo en la obligación de hacerle algunas solicitudes.

Verá, un 1 de mayo de 1996 y siendo aun médico general, abrí una clínica en la colonia Rivera Hernández de San Pedro Sula. En ese entonces el sector ya era peligroso. Las maras, compuestas por muchachos rebeldes provenientes de hogares desintegrados, se enfrentaban casi a diario por el dominio de la zona. Sus enfrentamientos los realizaban con las populares (en ese entonces) chimbas, armas de fuego de construcción casera con la que disparaban balas de escopeta.

Uno de los trabajos más frecuentes en nuestra clínica consistía en extraer uno por uno los pequeños balines incrustados en la carne de los pacientes que por casualidad se encontraban en el lugar de algun enfrentamiento entre maras.

Poco tiempo después, me vi en la necesidad de residir fuera de Honduras por unos años. A mi regreso con asombro pude ver que ahora los muchachos, en lugar de chimbas, utilizaban armas de fuego completas. Luego vino la ley antimaras con resultados favorables para la paz del sector, pero la actitud relajada frente a la delincuencia del gobierno pasado permitió de nuevo la proliferación de nuevos grupos delincuenciales juveniles, famosos por su crueldad y saña pese a la corta edad de sus integrantes.

A pesar de haber obtenido un título de postgrado en genética en el exterior, decidí (no sé si acertadamente) conservar la clínica, quizá por cariño a la labor social que realizamos. Sin embargo, la decisión del ex presidente Zelaya de aumentar los salarios mínimos en un 60% puso en precario la situación económica de nuestro establecimiento de salud. Además de prescindir de algunos empleados, el despido masivo de trabajadores de las fábricas maquiladoras originó una disminución brusca en la consulta diaria.

Pero el factor que más daño económico nos ha producido es el siguiente: En diferentes zonas de la Rivera Hernández han proliferado tres maras sanguinarias. A las personas con una emergencia médica se les hace imposible transitar por las calles del sector para recibir atención, pues inevitablemente serán interceptadas por los jóvenes delincuentes, corriendo un alto riesgo de perder la vida. Por lo tanto, la gente del sector prefiere aguantar en sus casas estoicamente el dolor en lugar de convertirse en una estadística más del conflictivo sector.

Apenas hace dos días, un joven fue baleado cerca de la clínica. Se trataba de una persona trabajadora que esperaba el bus para dirigirse a su trabajo cuando, de repente, fue interceptado por los malvivientes quienes no dudaron en dispararle después de verificar que el joven no tenía dinero para pagar una especie de “peaje” que los muchachos cobran a todo transeúnte. Un buen samaritano trasladó a la victima a nuestra clínica, donde le administramos líquidos intravenosos en espera de que sobreviviera en el trayecto al hospital.

Estas experiencias no son fortuitas. Se viven en el sector casi a diario. Y sepa que no estamos hablando aquí de niños jugando con chimbas, sino de delincuentes juveniles de la peor calaña, equipados con las armas de fuego más caras y sofisticadas que se puedan conseguir en el mercado, habidas gracias a los jugosos dividendos que deja el mal llamado “impuesto de guerra” y el narcomenudeo.

Bien, señor presidente, no quiero aburrirlo. Yo se que usted está muy ocupado con reuniones empresariales del más alto nivel como para que se interese por las nimiedades de estos hondureños de la Rivera Hernández, pero lo que voy a solicitarle no es mucho.

¿Será que puedo pedirle que le obsequie (tal vez con la excusa de día de las madres) a los policías que resguardan la zona unas cuantas pistolas de verdad? Porque verá, aunque las pistolitas de agua que usan actualmente los policías del sector son muy bonitas y se parecen mucho a las reales, en realidad no pueden disparar proyectiles y por lo tanto resultan inútiles como instrumentos para proteger sus propias vidas, no digamos las vidas de las personas que habitan el sector.

Créditos: www.latribuna.hn
Esperando una respuesta favorable de su parte en este asunto, procedo al siguiente tema.

Un grupo de personas y su servidor hemos venido realizado, desde hace unos años, diversas investigaciones biomédicas en la población garífuna. Desde luego, el presupuesto para las investigaciones ha salido de nuestro propio bolsillo ya que en Honduras, fuera de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, no existe presupuesto para investigación ni nada que se le parezca. Los resultados de dichas investigaciones se han venido publicando en revistas científicas internacionales especializadas.

Recientemente nos unimos al grupo de investigación en genómica del asma de la Universidad de John Hopkins, en Baltimore. Mientras los investigadores de dicha universidad cuentan con holgados presupuestos, nuestro trabajo es “con las uñas.” Nuestra labor consiste en extraer muestras de sangre de casos y controles para niños asmáticos. El objetivo es encontrar genes que contribuyen con la enfermedad en afro descendientes.

No señor presidente, no se preocupe. No es dinero para investigación el que le voy a pedir. Solo quiero comentarle que realizamos nuestra última visita a la comunidad de Travesía hace unos días. Me sorprendió sobremanera el buen estado de la carretera. Cuando le expresé mi asombro por lo bien que se encontraba la carretera a un anciano de la comunidad, este me dijo:

“No se apure joven. Lo que pasa es que pasaron el tractor para que el carro del presidente no brincara. Pasó por aquí para la celebración del aniversario de la llegada de los garífunas. ¡Hasta su bailadita se echó! Un par de meses y verá cómo la carretera va a estar igual, llena de hoyos y toda lodosa.”

Le confieso que me alegré por lo de joven, pero me entristecí al darme cuenta de que todo seguiría igual por mucho tiempo.

Mi petición es esta: Por casualidad, ¿puedo pedirle que mande a arreglar la carretera de acceso a Bajamar y Travesía un poco más seguido? Si mandara a pasar el tractor y la aplanadora cada tres meses sería suficiente. Verá, mi carro también brinca con los enormes agujeros y se atasca con el lodo, y me parece que los pocos hondureños que tienen carro en estas comunidades tienen el mismo problema. Yo se que usted se debe encontrar muy ocupado con lo de la beatificación del Papa, así que espero no importunarlo con esta petición.

Y sin más peticiones, aprovecho la ocasión para ratificarle las muestras de mi estima y consideración.

Atentamente:

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