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domingo, 11 de abril de 2010

Ciencia cotidiana y ciencia disruptiva


Edwin Francisco Herrera Paz



La ciencia cotidiana funciona más o menos así: Las universidades y otras instituciones públicas y privadas de todo el mundo tienen áreas de investigación en las que se involucran los científicos. Los proyectos son ejecutados por grupos de investigación, algunas veces multidiciplinarios e integrados por diferentes naciones. Muchas veces este trabajo de hormiga termina en hallazgos o tecnologías útiles para la humanidad.
Un ejemplo de este tipo de ciencia es el que condujo a la secuenciación del genoma humano, proyecto liderado por el actual director de los Institutos Nacionales de Salud de Los EUA, el renombrado científico Francis Collins, y por Graig Venters, director ejecutivo de Celera Genomics, su contraparte del sector privado. La secuenciación de nuestro “libro de la vida” constituye un hito en la historia de la humanidad, sin lugar a dudas.
El trabajo se concluyó gracias a labor tesonera de miles de científicos pertenecientes a muchos laboratorios alrededor del mundo. Sin embargo, la secuenciación de nuestro genoma fue el resultado previsible del desarrollo de las técnicas en biología molecular, que tomaron un gran impulso con el descubrimiento de la estructura de doble cadena del ADN por parte de James Watson, Francis Crick, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin en la década de los sesenta, y que finalmente fue posible gracias a las técnicas de secuenciación automatizada.
Los productos de la ciencia y tecnología cotidiana son muchos y permiten mejorar nuestro estilo de vida. Sin embargo, de vez en cuando surge una persona o un pequeño grupo de personas que realizan un descubrimiento que sacude las mismas raíces del establishment científico. Estos descubrimientos son tan grandes que tienen influencia en prácticamente todas las áreas del quehacer humano. A esta ciencia que surge en algún momento de máxima inspiración creativa le llamo yo “ciencia disruptiva”.
La ciencia disruptiva nace de la genialidad creativa y contemplativa, o a veces de la observación minuciosa de un fenómeno que antes pasaba desapercibido, y a partir de allí nada vuelve a ser igual. Al establishment científico no le gusta mucho este tipo de ciencia. Nos gusta creer que lo que hacemos está fundamentado en las premisas correctas, que estamos en buen camino, que nuestras construcciones teóricas no necesitan cambios, y es entonces cuando la ciencia se encuadra en un andamio llamado paradigma. La ciencia disruptiva actúa en las bases mismas del saber, derrumbando paradigmas.
A modo de símil, la ciencia cotidiana construye la casa poniendo ladrillos cada día. De vez en cuando, vemos que pegamos un ladrillo en el lugar incorrecto, entonces lo quitamos y corregimos el error. La ciencia disruptiva en cambio, funciona derrumbando zonas completas de la casa, y de allí parte una nueva labor de remodelación.
Ejemplos de ciencia y tecnología disruptiva son: La teoría de la evolución de Darwin y Wallace, el aeroplano de los hermanos Wright, el principio de la vacunación de Jenner, La relatividad de Einstein y la física cuántica de Bohr, Shrodinger, Heisenberg y otros, el computador personal de Steve Jobs y Steve Wozniak, el descubrimiento de la doble cadena de ADN, y un amplio etc.
He aquí un irónico contraste. Mientras la ciencia cotidiana de los grandes grupos de investigación engulle miles de millones de dólares anuales en financiamiento otorgado por diferentes tipos de organismos, la ciencia disruptiva, salida de un pequeño laboratorio, o incluso de la genialidad de un individuo, tiene que luchar por abrirse camino entre las muchas veces infranqueables murallas del status quo de la ciencia convencional.
¿Por qué nuestras predicciones para la ciencia y la humanidad a 50 años son tan vagas e inexactas (en el mejor de los casos)? Bien, pues simplemente porque no hay manera de saber cuáles serán los nuevos productos de la ciencia y tecnología disruptivas.